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Hemos olvidado mirar al cielo

En un mundo modernizado, industrializado y digitalizado, muchos de sus habitantes nos hemos olvidado de “mirar al cielo”, entre otras cosas, porque desde muchos puntos es poco atractivo lo que este ofrece a la vista o, por lo menos, lo que entre éste y la vista se interponen, me refiero a la contaminación (de todo tipo).

Cuánto bien hace a la mente humano levantar la mirada al espacio sideral y respirar profundo. Mirar, no perdiendo la vista en el firmamento infinito, sino mirar como quien busca un poco de inspiración, paz, tranquilidad, sosiego; incluso, mirar como queriendo escapar de lo asfixiante que resultan las calles y dinámicas propias de ciudades desarrolladas.

Pareciera que muchos lo han olvidado y prefieren encorvarse en el absorbente y a ratos agobiante mundo de las pantallas digitales. Hace poco, un amigo y maestro manifestaba su añoranza de los tiempos en los que Facebook era un puente de conexión con las amistades lejanas, permitiendo una extensión de las alegrías, buenos momentos y triunfos que en esta red sus contactos le compartían; pues, ahora se ha convertido en un continuo hostigamiento y bombardeo de informaciones falsas y contiendas de intereses mezquinos y malsanos, por ejemplo, la agresividad con la que se nos presentan las campañas electorales y demás.

Yo comparto su denuncia, pero creo que el problema radica en que hemos olvidado “mirar al cielo”. Cuando lo olvidamos o no nos interesa más poner la mirada en las realidades profundas, automáticamente nos sujetamos a las inseguridades y a la superficialidad de las realidades que nos circundan. A partir de ese momento las crisis existenciales nos afectarán mucho más, aunque en principio no se note.

¿Qué significa “mirar al cielo” desde la perspectiva de esta reflexión? ¿Por qué hacerlo? Lo que planteo no es algo nuevo. Realmente se trata de volver la mirada a lo profundo, es buscar el reencuentro con esa realidad trascendente que muchos llamamos Dios, es dejarse encontrar, es, especialmente, mirar dentro, redescubrir el centro y abrirse a una experiencia mística, reiniciar una vida plena, con sentido y dadora de sentido, que se convierta en una ventana para que otros, a través de ti, puedan “mirar al cielo” y liberarse. Y todo, porque mirar al cielo es darse cuenta que la felicidad camina conmigo.

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Crisis de los valores VS Autoridad con afecto

Es evidente el reto histórico que enfrenta la escuela, dadas las complicaciones que representa para ésta la crisis de valores que se vive en la actualidad. De los valores que antaño eran la piedra angular que soportaban el entramado de relaciones familiares, escolares y sociales, sólo queda la mirada nostálgica de los que añoran valores como el respeto a los mayores, el reconocimiento a la autoridadescuchar mirando a la cara, humildad al recibir una amonestación. Éstos y muchos otros, parecieran haber perdido su vigencia en la sociedad actual; valores que eran tenidos como principios vitales para la educación y la formación, tanto en la casa como en la escuela.

Lo que se quiere plantear con esta breve reflexión es hacerle frente a la crisis de los valores, con una firme y contundente estrategia, usar el poder del afecto para retomar, no el control, sino canales efectivos de diálogo, transferencia e intercambio de conocimientos, experiencias y modos de entender y asumir la vida.

La idea no es que los maestros y maestras usurpen el papel de las familias en el trato y relación con sus hijos e hijas. Tampoco se trata de convertirnos en dispensadores de pequeñas o altas dosis de cariño que, ciertamente, falta en muchos hogares, y en el aula se refleja de múltiples maneras. Lo que se propone es apostarle a la comunicación asertiva, con una buena dosis de ternura y caridad, siempre teniendo como contrapeso y equilibrio justo, la autoridad y la ecuanimidad, para evitar los excesos nocivos.

¿POR QUÉ MEZCLAR AUTORIDAD Y AFECTO?

El afecto garantiza una buena dosis de empatía, necesaria para traer de vuelta a los chicos y chicas que físicamente están en el aula, pero se ausentan psíquicamente, sumergidos en sus smartphones o divagando mentalmente tras sus ilusiones e intereses, los cuales, la mayoría de las veces no encuentran espacio en los escenarios de enseñanza-aprendizaje. Además, el afecto, en lugar del grito o las fugas temperamentales, instala con mayor facilidad y frescura un clima de armonía, comunicación y atención y, por tanto, de dominio de grupo y gobernabilidad en la clase.

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El lado oscuro de la pedagogía y la didáctica

Atención a esto. ¿De qué manera y en qué medida, la práctica pedagógica y la didáctica, le apuestan a hacer que cada estudiante explote al máximo sus conocimientos y experiencias previas? ¿Desde cada área de estudio se concentran esfuerzos y estrategias para desarrollar las capacidades individuales y diferenciales de los estudiantes? ¿O, simplemente nos concentramos en hacer que nuestros chicos/as aprendan los temas previstos por el currículo y que desarrollen las competencias demandadas por el sistema?

En la educación, tanto la pedagogía como la didáctica, se enfocan, sobre todo, en la enseñanza y el aprendizaje. De hecho, gran parte de la reflexión y exploración del quehacer educativo de la escuela gira en torno a estos dos conceptos [prácticas]: enseñanza y aprendizaje. Es decir, qué enseñar y qué tanto se aprende, cómo enseñar y cómo se aprende (con algunas otras variables). Sin embargo, no hay un interés manifiesto por encontrar e implementar estrategias, medios y mediaciones que canalicen y potencialicen los saberes y experiencias previas de los estudiantes, su pensamiento crítico y las capacidades individuales. No en la práctica.

Podría pensarse que sí, dado que, por lo general, el primer momento de una sesión de enseñanza-aprendizaje es justamente la exploración de conocimientos y nociones previas. Precisamente, esta es una de las razones que motiva este breve instante de encuentro con las palabras. Esto es, la valoración y exploración de lo que los escolares ya saben, es sólo un momento de la clase, el “rompehielos”, cuando debería ser lo más relevante; de hecho, la didáctica de las ciencias debería plantearse en función de ello, obviamente, sin restarle importancia a la formación ética, espiritual y democrática.

Mucho nos inquietamos quienes nos dedicamos a la docencia, al ver que cada día es creciente el desinterés y la indiferencia de los escolares, especialmente, entrada la adolescencia, frente al estudio de muchos de los temas obligatorios de la educación básica, la apatía frente a los fenómenos sociales y las disciplinas científicas. Son muchos los jóvenes que muestran altos resultados en las instituciones, pero, muchos más los que se suman a la desmotivación. Los sabios y entendidos tendrán más de una explicación a este fenómeno.

No obstante, un par de cuestiones rescato de mi contacto con la población educativa de instituciones estatales. En primer lugar, no hay acciones contundentes y efectivas en la práctica de aula por atender a los intereses reales de los estudiantes, sus afectos y afinidades. Y, en segundo lugar, no se da la importancia y relevancia suficiente, pertinente y pedagógica a las experiencias (positivas y/o traumáticas) y conocimientos previos de los estudiantes; peor aún, no se trabaja cabalmente en el desarrollo de su pensamiento y capacidades individuales y para el trabajo cooperativo.

Para terminar, lo que en definitiva quiero demandar de la práctica pedagógica es: para que la educación alcance un buen nivel de excelencia y ofrezca a sus beneficiarios un ambiente necesario de emancipación, formación, construcción de nuevos conocimientos y enganche con los intereses de cada estudiante, debe procurarse, con afanoso esfuerzo, la valoración y profunda conexión con lo que ellos han vivido y están viviendo, sus intereses, afectos y afinidades, su ser-pensante, sus necesidades y capacidades particulares.

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¿Cuál es la medida más efectiva para enfrentar el alto índice de criminalidad, la violencia y las alteraciones del orden público?

No necesitamos más policías. Lo verdaderamente urgente es la formación ciudadana y en valores; educar con autoridad y afecto, para garantizar la justicia, la paz y el bien común.

 

Policías antidisturbios
Fuente de fotografías: http://carlox13andres.wixsite.com/carlosbernate/riots-protests

Es hora de entender que nuestra sociedad necesita con urgencia más educación y menos represión. Hace más un papá educando con autoridad y afecto, que diez policías atrapando delincuentes que volverán a reincidir. Si el Estado invirtiera significativamente en formación y cualificación docente, en construcción de escenarios educativos dignos, se requeriría de una menor inversión para la administración de justicia, defensa y seguridad.

En nuestros días, pareciera cundir un clima de confusión de roles y principios en la educación y crianza de los niños, niñas y adolescentes. Clarifiquemos. Una cosa es educar a nuestros hijos e hijas en libertad, facilitándoles y garantizándoles el libre desarrollo de la personalidad; otra, muy distinta y contraproducente, es permitirles cuanto se les antoja y renunciar al carácter y la disciplina, so pretexto de no afectar o traumatizar la estabilidad emocional del o la mejor, o simplemente para que no nos genere contratiempos, no nos interrumpa en las múltiples ocupaciones en las que se ve envuelto el ciudadano promedio en la actualidad.

Nuevas generaciones al cuidado de las pantallas digitales y los juegos de realidad aumentada.

 Precisamente, por no tener tiempo, al dejarnos absorber por la dinámica propia de la sociedad industrializada en la que vivimos, en la que hay que producir, porque nuestro valor se mide en términos de cuánto producimos y cuánto consumimos y no ya por el aparentemente desgastado discurso de la dignidad humana. No queda tiempo para lidiar con el berrinche y pataletas de los niños, quienes lo que más necesitan es atención y no aparatos tecnológicos, necesitan nuestro tiempo más que una conexión wifi, necesitan que sus padres o cuidadores se interesen más en sus cosas de niños.

Se nos olvida que los humanos, especialmente en la infancia, como sujetos de aprendizaje, somos bastante parecidos a una esponja absorbente, pues, vamos construyendo nuestra personalidad conforme la realidad nos va presentando modelos, patrones, estilos de vida. ¿Cuáles son los principios y los criterios sobre los cuales nuestros niños, niñas y adolescentes van construyendo hoy su personalidad y su identidad? Este asunto es lo suficientemente delicado como para dejarlo al arbitrio de la televisión, las redes sociales, los aparatos tecnológicos sin uso crítico o, en el peor de los casos, que aprendan a sobre llevar las crisis y las situaciones adversas con ayuda de fármacos y narcóticos.

A mayor número de padres, madres y docentes haciendo su tarea, menor número de efectivos en la fuerza pública requeriría nuestra sociedad.

Se volvió una constante el hecho de señalar a las nuevas generaciones como sociedades carentes de valores; que se les acuse de faltos de respeto por los adultos o de no valorar las tradiciones. Ciertamente, se tiene registro de esta actitud desde hace más de veinte siglos. En su momento, Sócrates lo denunciaba. Sin embargo, no hemos asimilado el planteamiento del antiguo filósofo, el cual invitaba a no juzgar a los jóvenes sino más bien a preguntarnos qué hemos sembrado en su corazón para que hoy sean lo que son.

Frente a la pregunta, ¿Cuál es la medida más efectiva para enfrentar el alto índice de criminalidad, la violencia y las alteraciones del orden público? Juzgo que la respuesta más pertinente y menos accidentada políticamente hablando, es que las madres y padres de familia, los responsables del cuidado y formación de la infancia y adolescencia, especialmente, los maestros, empecemos a enfocarnos en la tarea fundamental: formar ciudadanos que desarrollen su capacidad de pensamiento crítico, potencialicen sus competencias ciudadanas, que le apuesten a la resolución pacífica y adecuada de los conflictos, con un mayor compromiso y respeto frente a la diversidad cultural, ideológica, sexual y religiosa.

Concluyamos esta reflexión de manera poética, pues, la poesía no es otra cosa que el modo perfecto de ser y habitar el mundo.

 

A mayor compromiso frente al otro

mayor será el amor que le tengamos,

pero no será realidad el cuidado del otro,

si el amor y el cuidado de sí no cultivamos.

 

Drogas y focos de violencia siempre tendremos,

disensos y conflictos siempre los habrá,

mas por la armonía social velar debemos,

de lo contrario la cruda violencia no acabará.

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¿Es necesario educar sobre la importancia de la intimidad y la discreción o esto es cosa del pasado?

En nuestros días es inmanejable el efecto e impacto de las redes sociales y los medios de comunicación en la vida de las personas y las relaciones de cualquier índole. Capturar y mostrar las experiencias significativas, sean tristes, alegres, positivas o desafiantes, está en el inconsciente colectivo de las nuevas generaciones: “todo hay que compartirlo”. Pareciera una necesidad imperiosa.

No me opongo de manera enérgica a esto. Pero veo con preocupación que se pierda cada vez más la noción de intimidad. ¿Qué reservamos para nosotros mismos? ¿La privacidad dejó de ser importante? ¿Mantener un secreto es cosa del pasado? Pues, la tendencia es no reservarse ni las peleas ni los desamores, todo “se puede” compartir.

Las redes sociales y los medios de comunicación, en especial aquellos con gran interés en temas de farándula, testifican y dan cuenta de la gran cantidad de información que fluye por estos medios. Buena parte de esta información es auto-publicitada o consentida por sus protagonistas, exponiéndose al escarnio público y a la burla; dejando una enorme puerta abierta para que los derechos sean vulnerados y la dignidad mancillada, insisto, muchas veces de manera consentida.

Ciertamente, no siempre se tiene el consentimiento para este tipo de publicaciones, pero, precisamente, esto hace parte de la misma dinámica o tendencia actual: “todo hay que compartirlo”. A mi parecer, es un error que expone innecesariamente nuestra seguridad física, económica y emocional, toda vez que se publican o comparten informaciones, experiencias y situaciones sin el más mínimo tacto de discreción.

La educación y la familia deben tomar cartas en el asunto. Cualquiera sea la estrategia desde casa y en la escuela, no puede ser simplemente la prohibición o la “satanización” de estos medios y redes, se debe enfocar más en el desarrollo y formación del pensamiento crítico, proporcionándoles criterios y herramientas para que hagan un uso responsable de los mismos y, lo más importante, comprendan y vivan la intimidad como uno de los principios que hacen de la persona y la sociedad realidades más valiosas y sujetos de respeto.

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La educación y la indiferencia frente a la política

Mucho se habla de pertinencia en materia educativa en estos tiempos. A propósito, un aspecto pertinente, necesario y urgente en educación es el asunto de la política, pues, muchas veces se percibe una supuesta incompatibilidad entre educación y política.  Término desgastado y que produce más odios que amores. Al parecer, nos hemos olvidado de lo que realmente es, significa y representa. Por tanto, apremia y es imperativa la necesidad de entender que la política es más que corrupción, obsesión con el poder y afán electoral.

Estamos viviendo una etapa de la historia en la que, como nunca, la sociedad requiere de una mayor participación ciudadana de parte de todos y cada uno de sus miembros, sobre todo, para la resolución de problemas que no dan espera. Por ejemplo: el asunto de la contaminación y manejo inadecuado de los desechos; el uso irresponsable de los recursos naturales, especialmente de los combustibles fósiles y la deforestación indiscriminada; la equidad y la inclusión social, la reivindicación de la mujer y la promoción de la dignidad humana, en especial, de los más pobres y marginados; el acceso a servicios básicos y de calidad, como la educación, la salud, vivienda, entre otros; garantizar la libertad religiosa, ideológica y la diversidad cultural.

Estos y muchos otros asuntos complejos que entorpecen, retrasan y anquilosan la conquista del desarrollo social, del bien común y el establecimiento de la justicia y la paz, demandan urgentemente el concurso y la participación de cada individuo. Justamente, este es el ideal y fin último de la política. Sin embargo, es preocupante que un asunto de tal envergadura -la política- a no pocos les sea indiferente; más preocupante aún, muchos de los que trabajan en educación, parece no interesarse en el asunto, cuando el educador es y debe ser un apasionado cultivador de la semilla de la política y la construcción de ciudadanía.

Breve es esta reflexión. Enorme y complejo es el tema en cuestión. Pero, concreto es mi llamado: entender que la política es, por naturaleza, la búsqueda continua e incesante del bien común y la instauración, a todo dar, de la justicia y la construcción-consolidación de la paz. A cada maestra, a cada maestro, directivo docente, padre y madre de familia, corresponde la tarea de cultivar el interés y participación en política y ciudadanía, desde todos los frentes. Pues, la política no es un monstruo y, mucho menos el problema, como sí lo es ser indiferente frente a ella y los problemas que le conciernen y, en consecuencia, dejar su manejo y gestión en manos de quienes sólo persiguen el beneficio propio o de unas élites, que muchas veces terminan secuestrando y/o anulando la democracia.

Apreciadas maestras, maestros, madres y padres de familia y ciudadanía en general, ¿Hasta cuándo seguiremos desligando la educación de la política, si, de hecho, la educación es un asunto eminentemente político?

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5 claves para promover la dignidad humana en la escuela

Probablemente el maestro/a más recordado no sea el más inteligente, el más apuesto, o el que mejor enseña, sino el más humano. De hecho, es común escuchar anécdotas que narran o recuerdan episodios significativos, protagonizados por alguna maestra o maestro, y que ha marcado para bien la vida de muchas personas.

No es casualidad que muchos niños, niñas y adolescentes, proyecten figuras de paternidad o maternidad en el o la docente que más les inspira, les genera confianza o, simplemente, le reconocen su autoridad con especial acento. Dadas estas circunstancias, les es mucho más fácil establecer lazos de confianza y cercanía.

Así las cosas, no podemos menospreciar la idea que motiva estas líneas: «educar es promover la dignidad humana». ¿Por qué? Por estas y muchas más razones. Esgrimo algunas de las que han enriquecido mi experiencia docente y de colegas cercanos, las cuales no siempre están prescritas en el currículo, pero son una realidad latente.

  1. Corrección fraterna

Cuando el “error” se asume no como una equivocación sino como la posibilidad de aprender, gesto acompañado de un “muy bien” aunque implique señalar lo que falta o la necesidad replantear la tarea y buscar alternativas. Esto le permite al estudiante confrontar, inevitablemente, la experiencia contraria que se da muchas veces en la casa, donde equivocarse puede costar un regaño, sanción o castigo.

  1. Escuchar a todos

No es siempre fácil, pero toda vez que se da la oportunidad de escuchar a todos los estudiantes, incluso propiciar el ambiente adecuado para que aquellas personitas con dones especiales, y que generalmente no se aventuran a compartir lo que piensan porque poco o nada tienen que ver con la lección en curso, se dan las condiciones necesarias para que todas las niñas, niños y adolescentes en el aula se sientan importantes, pues, tienen mucho que decir y hay gente a la que le interesa.

  1. Ponderar el juego

Mucho se habla hoy de “gamificar” las clases. Hay que aprender de ello. Pero, es necesario ver el juego no sólo como un método didáctico, sino como lo que es, la actividad más seria y natural de la infancia. Es necesario secundar a los estudiantes en los juegos: no como pasatiempo, sino como algo verdaderamente importante; no como una actividad para distraerse un rato, sino como parte esencial de la clase, de la vida. De la misma manera en que un policía se entrega al cuidado del orden público y esto lo define, asimismo, el juego es lo propio y natural en la infancia. Si nuestros estudiantes perciben que ese es el valor que le damos a jugar, se sentirán personas importantes, que cuentan para el mundo.

  1. Trato ecuánime

El trato equilibrado, sin distingo de raza, religión, poder económico, género, gustos o preferencias, es absolutamente incluyente. Cuánto bien hace transmitir a la comunidad educativa que no hay predilectos o favoritos, que tanto niños y niñas son importantes y que cada individuo, desde su sexualidad y situación económica, son necesarios en la sociedad, que cada persona, a su modo, tiene unas cualidades y capacidades valiosas y diferentes, las cuales enriquecen a la humanidad.

  1. Ser humano

Ser consciente de la propia condición natural y la del otro: antes y por encima de ser docente, se es humano; antes y por encima de la condición de estudiante, se es humano. Es fundamental esta aclaración, muchas veces obviada. Así, pues, cuando la maestra/o traspasa el umbral de la puerta del aula, lo más importante no es enseñar un tema o ayudar a los escolares a alcanzar unas competencias, sino intervenir un grupo de personas. Cada una con unas necesidades y situaciones que, de una u otra forma, afloran en el desempeño académico y en la relación con el entorno. De esta manera, mucho más importante que la didáctica para enseñar las propiedades de las matemáticas, es el estado anímico de los estudiantes, sus realidades particulares, sentimientos, emociones, intereses y preocupaciones.

Cuando se garantizan estas condiciones mínimas para la enseñanza-aprendizaje, entonces la escuela o colegio ha alcanzado su fin más preciado: enseñar al ser humano a ser humano, en tanto que «educar es promover la dignidad humana». De lo contrario, se estaría desligando la educación de su rol emancipador y, por tanto, el juicio pertinente sería: «si la escuela no sirve para humanizar, no sirve para educar».

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¿Se puede erradicar 100% las conductas conflictivas en la escuela?

¿Se puede evitar el uso, abuso y tráfico de sustancias controladas en los escenarios escolares? ¿Es posible erradicar completamente riñas, actos vandálicos o cualquier situación que altere la disciplina en los centros de formación escolar? Que nuestros establecimientos educativos sean el mejor lugar para que nuestros escolares estén, es discutido, pero que sea un lugar para el encuentro y el compartir, es una realidad dada que no necesita la aprobación ni del consenso ni de los sabios y entendidos. Sin embargo, pueden darse, en no pocos casos, experiencias de desencuentros, bien sean riñas, bullying, enemistades, altercados, enajenación de objetos, traiciones… ¿Qué hacer frente a esto? ¿La sanción y las medidas punitivas son lo más importante al atender estas situaciones?

Como madres/padres de familia o docentes, no puede menos que inquietarnos profundamente los actos vandálicos, de agresión física grave o que involucren drogas ilícitas, protagonizados por estudiantes. Es como si lo que estamos intentamos construir a partir de la educación, se derrumbara. Llama la atención la forma como se publicitan estos eventos a través de las redes sociales y la forma como lo abordan muchos medios informativos. Se desconocen los derechos de los menores, se exponen sus identidades, se califican de delincuentes, asesinos en potencia, agentes de crueldad, entre otros.

En fin, no se ahorran ni miden los calificativos despectivos, denigrantes, irritantes y que promueven el odio y la toma de la justicia por cuenta propia. ¿Grave? Gravísimo. Pero, no es menos delicado el hecho de reclamar medidas drásticas a los establecimientos educativos sobre los menores infractores o que alteran el orden dentro de las mismas. En este sentido, se nos olvidan algunos aspectos claves de la función de la escuela y hasta los confundimos. No es una institución penitenciaria, es un lugar concebido para la formación. Frente a la infracción, su labor no es castigar sino corregir y acompañar sobre la marcha, más importante aún, prevenir las situaciones. Las directivas no son un órgano judicial, mas son encargados de activar, gestionar y facilitar rutas de atención pertinentes, ajustadas a la Ley y comprometidas con la salvaguarda de los derechos de los menores.

Ahora bien, dado que estos acontecimientos son una realidad –suceden diariamente y en todo lugar- caben, entre muchas otras, un par de preguntas, ¿Qué hacer frente a esto? ¿La sanción y las medidas punitivas son lo más importante al atender estas situaciones? Pues, lo mejor y más importante es el tratamiento preventivo. Ir un paso adelante, prever las situaciones, estar atentos al curso de la historia, a los signos de los tiempos y a las señales de alerta. Es de vital importancia, tener en cuenta estos indicadores, no para tratar de evitar lo que muchas veces es inevitable, sino para formar conciencias críticas que adquieran, desarrollen y se apropien de criterios y elementos de juicio, que sean útiles para nuestros escolares a la hora de afrontar situaciones adversas como incitaciones de la violencia, actos vandálicos o delictivos, uso, abuso y tráfico de sustancias controladas, y muchas otras situaciones que pueden resultar contraproducentes para el menor y, por ende, para la familia, la institución y la sociedad.

La escuela [y el colegio] como posibilidad de encuentro y desencuentro

No podemos equivocar la función, rol y naturaleza de la escuela. Más importante aún, es imprescindible reconocer a los centros educativos como espacios de encuentro y desencuentro. Es decir, los establecimientos escolares son el espacio natural para el encuentro: la amistad, el compartir, la compañía, el juego, el intercambio, el trabajo en equipo, el aprendizaje colaborativo y cooperativo; allí se construyen los primeros consensos, formulaciones lingüísticas particulares, las primeras acciones de participación democrática, micro-espacios de afinidades e intereses comunes. Al mismo tiempo, son espacios propicios para diversos tipos de situaciones conflictivas y adversas.

Es natural, que las instituciones educativas, como cualquier otro colectivo humano, sean escenario de desencuentro: la enemistad, disputas, malos entendidos, altercados, discusiones, y dependiendo de los niveles de tolerancia de una sociedad a otra, se dan en mayor o menor proporción las agresiones físicas, verbales y psicológicas. Ya hemos visto como el bullying o matoneo toma fuerza en los establecimientos educativos, al igual que el porte consumo y distribución de sustancias psicoactivas. Además, la población escolar comporta suficientes factores que se convierten en caldo de cultivo para el disenso, sociolectos y sistemas de comunicación agresivos (muchas veces imperceptibles para quien está fuera de este colectivo), actitudes anárquicas y antidemocráticas, ghettos, tribus urbanas y micro-espacios en los que germinan intereses particulares e individualistas.

Ciertamente, es imposible evitar todas estas situaciones, por su complejidad, diversidad, velocidad y organización al margen de la norma. No obstante, todas estas situaciones pueden ser capitalizadas por la escuela si se les da un manejo pedagógico y no inquisitivo. Esto es, corregir sobre la marcha, hacer lectura crítica de estos eventos, para efectos de valorar las causas y consecuencias, para conducir a los escolares a descubrir, construir y proponer las posibles soluciones. A propósito, la resolución de problemas es una de las estrategias de aprendizajes más efectivas.

En conclusión, dado que la escuela es un lugar natural para el encuentro y desencuentro, no puede evitarse que en ella tengan lugar situaciones adversas y conflictivas, pero sí es posible educar para que los estudiantes aprendan a manejar y resolver de manera adecuada tales acontecimientos. De hecho, la educación tiene que ser un acto emancipador, que libere a los sujetos en la escuela (maestras/os y estudiantes) de cualquier forma de opresión, marginación o vulneración de los derechos y libertades.

 

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5 consejos sobre “el don de la palabra en el acto de enseñar”

“Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice” (Sigmund Freud)

Cuando el ser humano se expresa ya no vuelve a ser el mismo, porque cuando la persona se expresa se modifica a sí misma y el entorno se altera de algún modo. Por eso, es fundamental el cuidado que debe observarse respecto del don y uso de la palabra, sobre todo, porque al ser emitida, ya no hay marcha atrás, resulta irreversible.

“De lo que no se puede hablar es mejor callar” (Wittgenstein)

Cuántas heridas producidas por palabras cortantes, lacerantes, indelicadas, aún sin intención. Pero, ¿Qué es eso del don (poder) de la palabra?

“Las cosas con el tiempo reciben mutua pena y retribución por su injusticia” (Anaximandro)

Recordemos algunas cosas. Si se entiende la palabra como la emisión de fonemas con sentido lógico, que expresan la riqueza y/o la fuerza de las ideas, las convicciones profundas, las descargas imperativas, e incluso destructivas, podemos comprender todo aquello que puede producirse por ella, una vez ha sido pronunciada, aunque puede resultar efímera o que el uso de la tecnología la perpetúe en el tiempo mediante la grabación. Al considerarla desde el lenguaje escrito, puede perfectamente asumir las características anteriores; sin embargo, tiene una mayor probabilidad de extenderse en el tiempo y el espacio. Ya sabemos lo que pasa con los libros o los tweets.

“Cuando ponemos freno en la boca a los caballos… controlamos todo su cuerpo” (Santiago 3,3)

Ahora bien, sabiendo que con la “palabra” podemos crear, recrear, construir, reconstruir, sanar, bendecir, animar, motivar, apoyar, consolar, aconsejar, resignificar… enseñar; explotar al máximo este don en el acto de enseñar, es lo menos que podemos hacer.

Es pertinente considerar lo siguiente:

1. A menos que se digan incoherencias o se esté falto de juicio, cuando se habla o escribe, se produce una donación del ser. No toma el poeta las palabras como hojas de un árbol que no es él, para confeccionar una oda o elegía; lo hace desprendiéndose de sí, dándose en cada palabra o, por lo menos, ofreciendo un poco de su sentir, pensar y compartiendo su modo de ver y habitar el mundo. ¿Debe un docente hacer lo mismo mientras transmite las fórmulas matemáticas o las reglas de la gramática?

2. No es sabio quien mucho habla o quien goza de grandilocuencia. Lo es quien teniendo mucho qué decir, reconoce el momento preciso en el que debe dar lugar a la mejor palabra: el silencio. Maestra/o, en el acto de enseñar, es preciso abrazar, el momento justo en el que callar: es la mejor enseñanza, un llamado de atención prudente, o la más sabia respuesta, tal vez acompañada de un “no sé”.

3. No despreciar la dulzura, los cambios de ritmo, alternar entre altisonancia y suavidad. Apelar a la ternura cuando se requiera una corrección; usar un tono de voz suave cuando el tema trastoque la cotidianidad de los escolares, para agudizar sus sentidos; subir el tono de manera súbita o inesperada, sin vociferar, tal vez los traiga de vuelta y hasta los despierte.

4. Hablar para enseñar desplazándose entre el uso de la palabra como comunicación y como poesía. La palabra como medio efectivo para la comunicación, difícilmente será desplazado, y menos si se matricula en el lenguaje asertivo. Pero si logramos tocar, acariciar o mezclar el discurso con un lenguaje poético de cuando en vez, sin duda produciremos mayor impacto en el auditorio y facilitaremos la activación de los dispositivos básicos de aprendizaje.

5. Dejar que el buen humor sea follaje en el ramillete de palabras que decoran tu discurso, es pertinente, conveniente y necesario. Quien nos escucha tiene memoria, gustos, poder de decisión, redes sociales y acceso ilimitado a temas más interesantes que los nuestros. La frialdad, el tedio y la monotonía en el tono de voz, es todo lo que necesita para sumergirse en su smartphone o para que su organismo deje de oxigenar suficientemente su cerebro y aparezcan los bostezos.

 

Muchos más consejos encuentra

quien en el uso de la palabra

un arte descubre.

Nunca olvidando

que quien lo escucha

se merece…

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Si la educación es el mejor producto, ¿Por qué se ofrece de la peor manera?

¿Por qué la educación muchas veces no rinde los frutos esperados? ¿Por qué la escuela puede resultar agobiante? ¿Por qué para muchos jóvenes las drogas pueden ser más atractivas que la educación? Si se afirman maravillas de la educación, ¿Por qué muchos chicos no se sienten seducidos por el estudio? Si enseñar es una pasión, ¿Por qué hay tantos maestros/as aburridos o enseñando sin entusiasmo?

Muchas veces he tenido que escuchar clases, charlas, conferencias, tutoriales y más, sin que logren atraparme, capturar al máximo mi atención o inquietarme por lo que se transmite. Esto no siempre tiene que ver con un mal dominio del tema o con contenidos que no sean interesantes. De hecho, pueden experimentarse estas sensaciones aún en los temas más profundos y con exponentes altamente preparados. Aún, así, en más de una ocasión he querido retirarme del recinto. ¿Cómo no quererlo, si pareciera que no existo para quien “me habla”? ¿Cómo no aburrirse si la algidez de quien enseña congela el auditorio? ¿Cómo amar el conocimiento que me ofrecen, si quien lo ofrece no desnuda su alma y se entrega apasionadamente en lo que enseña?

Sencillamente, muchos enseñan esperando ser escuchados, aceptados y aplaudidos, sin un mínimo de entrega al enseñar. Tal vez se queden anonadados y embelesados por lo maravilloso del tema y el esfuerzo que les costó su indagación y preparación. Olvidando que educar y enseñar se trata de pasión, se trata de amar. Ciertamente, quien ama no se puede contentar con lo bueno que es o las cualidades que tiene. Hace falta el arrojarse, es imprescindible el negarse, es inevitable el inmolarse. Pues, pierde la vida quien ama, para que su amado/a tenga vida. Pierde la vida quien enseña, para que su aprendiz engendre nueva vida.

Basta ya de enseñar-educar sin pasión. ¿Hasta cuando seguiremos vendiendo el mejor producto, de la peor manera? Es preciso añadir altas dosis de pasión a la educación, para que realice su función liberadora en quien enseña y en quien aprende.

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Enseñar a los niños/as a creer en sí mismos, una necesidad urgente

Hace poco recibí una llamada de un adolescente que había sido mi estudiante, lo hizo para compartirme su alegría por haber recibido un incentivo, tras ganar un concurso de cuento al que le motivé a participar. Eso fue grato, pero mayor fue mi regocijo interior, cuando me dice, “profe, el principal motivo de mi llamada es para agradecerle por haberme enseñado lo más importante: aprender a creer en mí mismo”.

Esas palabras me conectaron, automáticamente, con mi persistencia en convencer a los estudiantes de que ellos tienen un gran potencial, todos son inteligentes y capaces, con grandes destrezas y dones para explotar. Insistencia que está acompañada de honestas aclaraciones, como, por ejemplo, la escuela, la familia y la sociedad no hacen lo suficiente por ayudarnos a desarrollar tales capacidades, así que de cada uno depende si se potencializan o se desperdician; como el hombre de la parábola que puso a producir sus “talentos” y logró multiplicarlos, o el que prefirió enterrar el “talento” por temor a perderlo.

Este mismo estudiante me hizo recordar, que había tenido tropiezos con él porque, al parecer, yo había sido injusto, pues, a muchos de sus escritos y productos les hacía correcciones y recomendaciones para mejorar, cuando él mismo se percataba de que otros productos de sus compañeros, aparentemente de menor calidad y extensión, no les hacía tales recomendaciones, mas las aprobaba sin mucha objeción. Mucho me costó convencerlo de que todos no tenemos las mismas capacidades, que si le hacía más recomendaciones a él era porque había descubierto su enorme potencial crítico, argumentativo y creativo.

Creer en sí mismo

Convencer a nuestro cerebro para que desarrolle al máximo nuestro potencial es posible, sin que ello implique un exceso de confianza o una imprudente obsesión con el optimismo, que pueda conducirnos a la fracaso o a crear una NO tolerancia a la frustración. El punto es complejo, no tanto porque no sea fácil aprovechar al máximo la plasticidad del cerebro, como por el déficit de aplicación de estrategias y actividades de enseñanza-aprendizaje que trabajen el asunto de las inteligencias múltiples, la didáctica diferencial y la inteligencia emocional.

Toca empezar por des-convencer al cerebro del estudiante de lo que, probablemente, ha debido absorber a lo largo de su crianza, especialmente en las correcciones de sus padres que apelan a un lenguaje no asertivo: “eres necio”, “no seas inquieto”, “eres muy mezquino”, “eres un bueno para nada”... Claro, antes, el educador/a debe comprender un mínimo necesario, las funciones básicas de la mente humana: función consciente y función inconsciente (anteriormente denominado subconsciente). Atención a esto. Es preciso clarificar que la mente inconsciente cumple funciones vitales, pero no diferencia entre verdad y falsedad, todo aquello que se inserta en ella, se reflejará involuntariamente en la forma de pensar, expresarse, asimilar la realidad y en el estilo de vida, entre otros.

Conviene desempolvar una vieja claridad del psicoanálisis: el poder de la sugestión. Bien aprovechada por las nuevas formas religiosas de corte pentecostalista, los creativos de la publicidad, o los dueños de organizaciones tipo outsourcing, bien extendidas en países latinoamericanos. Estas y otras estructuras proselitistas, buscan convencer y afiliar al mayor número de adeptos posible, utilizando el poder sugestivo, no sin antes haber identificado sus debilidades y necesidades. Jugar con la fragilidad psicológica es el punto fuerte de la sugestión. Esto puede ser entendido como el convencimiento, muchas veces fanático, de algo que puede ser irreal, fantasioso o ilusorio.

¿Por qué es posible esto? Entre otras razones, por la plasticidad del cerebro. Justamente, una de las funciones mejor estructuradas en el maravilloso órgano cerebral es el asunto de la fe o del creer. Una vez las ideas logran hundirse en las profundidades de la mente inconsciente, la persona actuará automáticamente en orden a aquello que le estimule. Por ejemplo, en Japón, el ciudadano promedio en un momento de lluvia toma un paraguas que no es de su propiedad para su beneficio, pero pronto lo devolverá al sitio de donde lo tomó, sin la necesidad de realizar un juicio ético, es decir, no tiene que decidir si apropiárselo o no, porque hace parte de su inconsciente colectivo el “no-robar”.

Así, pues, si el cerebro humano es susceptible de creer de manera absoluta, y ello implica unas transformaciones en el ser y en el hacer de la persona y, consecuentemente, en su entorno, ¿Por qué no emplear estrategias pedagógicas y didácticas que convenzan a los estudiantes del enorme potencial que cargan sobre sus hombros?

Enseñar a los estudiantes a que crean en sí mismos debe ser una de las más vehementes apuestas de las instituciones educativas. Mi propuesta no consiste en dejar a Dios por fuera de la ecuación. Sino, suscitar en los escolares la firme convicción que han venido al mundo con una poderosa fuente inagotable [divina, si se quiere] en nuestro interior, que de allí brota para trascender nuestras limitaciones y trasformar/mejorar la realidad, en función del bien común y la paz global.

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¿Cómo sanar heridas del pasado?

Cuánto hacen sufrir las heridas de un pasado atroz, especialmente aquellas que no logran cicatrizar. Heridas abiertas de un tormento lejano o cercano, aquél que aunque ha pasado, sigue lacerando el alma. Muchas personas invierten dinero en terapias, tiempo en oraciones, incluso, hacen de sus amigos “paños de lágrimas”. También es corriente ahogar estas penas en el licor o en las drogas, en el desenfreno o la gula, en fin, todo “vale” en el intento desesperado por apagar las llamas de un infierno encarnado que acusa y atormenta sin cesar, por lo menos esto piensan quienes viven sumidos en el dolor de un pasado que no termina de pasar.

¿Cómo evitar el colapso irreversible o ir a parar a una situación ignominiosa, por cuenta de los fatídicos y fallidos intentos para no naufragar en el mar tormentoso de un pasado turbulento? Fórmulas mágicas quisieran las personas que atraviesan circunstancias como estas. Sin embargo, no existen tales. Aunque hay un recurso sencillo, económico y liberador: la escritura.

Escribir no sólo es útil para ordenar y transmitir ideas, es, en mayor proporción, una forma de liberación. Quien es capaz de escribir lo que piensa y siente, se ha liberado de algo, ese algo que atragantado pedía conocer la luz: ser escrito. Si puedes escribir las ideas sobresaltadas en tu mente, será más fácil nombrarlas, ordenarlas y controlarlas. ¿Cuánto ha conseguido la humanidad tras la invención de la rueda? Pues, ha conseguido mucho más con la escritura. ¿A caso la Biblia no es testimonio de ello? ¿A caso no logró un alemán en el siglo XVI partir la historia occidental con la imprenta de Gutenberg? ¿No son las letras las que dominan entre las artes? ¿No son las letras las que predominan en los claustros formativos?

Así, pues, si la escritura ha demostrado con creces su omnipotencia creadora y transformadora, ¿Por qué no intentar conseguir con la escritura la acuciante sanación de las heridas que nos doblegan? Pero, ¿Cómo hacerlo?

La siguiente recomendación es breve y simple, ha sido probada con víctimas de violencia intrafamiliar y de la guerra.

Recursos: Papel y lápiz.

Tiempo: el requerido.

Lugar: apacible.

Bien, comienza por buscar el momento y el lugar más adecuado, en el que te sientas confortable y sin la preocupación de ser interrumpida/o. Una buena elección musical podría ayudarte a conseguir un mayor estado de relajación. Cuando lo hayas conseguido, empieza a escribir aquello que te ha pasado y que ha dejado registradas en tu alma las heridas que ahora te lastiman y te hunden en la desdicha. Cuando hayas escrito un buen relato-recuento, guárdalo y descansa.

En otro momento (preferiblemente otro día), vuelve sobre tu escrito, e intenta hallar elementos que distorsionan lo sucedido, algo así como identificar imprecisiones o detalles que no ocurrieron; también debes intentar recordar elementos importantes que puedan hacer falta para hacer que tu relato sea más fiel a lo sucedido. Se trata de evitar equívocos o falsas percepciones, y también cerciorarse de que tu memoria no esté confundida por lo traumático del o los eventos que te proporcionaron las heridas que ahora te atormentan.

Cuando hayas perfeccionado tu relato, guárdalo. Luego busca otro memento distinto, pero con las mismas condiciones de relajación. Ahora, leerás para ti, tratando de revivir cada palabra como si te devolvieras en el tiempo, la idea con este ejercicio, que puede parecer innecesariamente doloroso, es que llegues a un estado de catarsis. Posteriormente (en un día diferente), pero en condiciones similares de relajación, vuelve a leer tu relato. Irás notando, que cada vez, será menos doloroso recordar el pasado, porque escribir y leer sobre episodios duros del pasado, irónicamente, te ayudarán a superarlos.

Te doy, brevemente, un par de testimonios. Una mujer que acompañé tras haber sufrido pro violencia intrafamiliar, lo hizo, escribió. Sus relatos consistían en pequeñas construcciones poéticas sobre distintas situaciones dolorosas de su pasado. Con el tiempo podía hablar de su pasado sin lágrimas ni resentimientos. El otro caso es colectivo, varios de mis estudiantes escogieron el poema, el cuento y la crónica para contar su pasado reciente de guerra y dolor. Combinando estos recursos literarios con un poco de fantasía y ficción, lograron contar de forma amena el horror de la guerra que ya había quedado atrás.

Perdona si me he extendido, ahora es tu tiempo de sanar. Recurre a las letras, sé libre mientras escribes, lee lo que has escrito y tendrás alivio para tu alma.

[Agradecimientos a Víktor Hanacek, autor de la foto]
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Escuela para la familia: matricular familias y no sólo a los niños/as

Una de muchas estrategias provechosas para efectos de alcanzar una educación de calidad es matricular familias, en lugar de sólo al niño o niña. Suena algo extraño, pero es completamente coherente, si se tiene en cuenta que la educación de los niños/as y adolescentes, es mucho más efectiva cuando se involucra a la familia en el proceso.

Hay varias dificultades a las que se enfrentan las instituciones en este sentido, veamos algunas.

Por un lado, cunde en muchas familias la idea de una “escuela-guardería”, en la que se lleva al niño/a para que se encarguen de él mientras los padres o cuidador/res cumplen con sus responsabilidades laborales. Es como un parking de niños/as. Ahí se les puede estacionar, están en una zona “segura”, y se puede desentender de ellos mientras se trabaja o realiza cualquier otra actividad.

Por otro lado, la falsa concepción de que la obligatoriedad de la educación recae exclusivamente sobre la escuela. Falso. En esto se combinan, por lo menos, tres estamentos sociales a saber: el Estado, la escuela y la familia. El más importante, la familia, la primera escuela, la escuela por excelencia. Sobre las bases que ésta le simiente al niño/a, la escuela y la sociedad le ayudará construir (educar) lo demás.

También están los estudiantes que asisten en calidad de “huérfanos”. Aún viviendo con sus padres, están arrojados en el mundo “sin Dios y sin ley”, carentes de toda manifestación de afecto y cuidado, y desprovistos de auténticos referentes de autoridad. Para ellos, la escuela se convierte en un “escampadero” [leer artículo: El milagro de la escuela], en el que pueden pasar algunas horas de esparcimiento y compartir, pero sin una notable injerencia de sus familias en su educación escolar.

Sin duda, hay otras tantas dificultades a las que se enfrentan las instituciones a la hora de involucrar a las familias en el proceso de formación de los estudiantes. Entonces, ¿Por qué insistir con la presente reflexión en este asunto?

Bien, mucho se ha dicho sobre la importancia de la familia en la educación de los hijos/as en el ámbito escolar. Pero hace falta potencializar, desde las políticas de Estado, en los Proyectos Educativos Institucionales, en la construcción curricular y, desde luego, en el plan o programa de aula, una educación que genere un mayor impacto en el núcleo familiar del estudiante, desde todas y cada una de las áreas de estudio. No se trata simplemente de enseñar principios para valorar a las familias. Sino de generar estrategias pedagógicas y didácticas serias, bien pensadas, que logren afectar positivamente a la familia.

Seguramente, muchas instituciones le apuestan con gran ahínco a involucrar a la familia en el proceso de formación. Pero, debería crearse un mecanismo con efectos reales que suponga, demande y garantice la participación activa de las familias en los procesos formativos de sus hijos/as. Esto es, matricular familias en lugar de sólo a los niños/as, adolescentes y/o jóvenes. Por ejemplo, que la planeación de la clase de matemáticas, educación física, o cualquier área, busque no sólo alcanzar los Derechos Básicos de Aprendizaje, sino generar impacto en la familia de los estudiantes; que la participación de las familias no se limite a matricular, recibir informes o participar de las charlas de la mal llamadas sesiones de “escuela de padres”.

En la medida en que proyectemos y logremos matricular familias, nos aproximaremos a una educación efectiva, afectiva, de calidad y liberadora.

 

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Hacer el amor en la escuela

Sé que la frase del título para muchos puede sonar un tanto erótica, para unos pocos, algo morbosa. Si me lees, espero que para ti suene provocación pedagógica. En fin, lo que quieren expresar estas palabras es lo totalmente contrario a la relación que se establece en muchos casos entre docentes y estudiantes en el aula. En lugar de plantear mediaciones, estrategias y discursos que enamoren a los escolares del aprendizaje, pareciera que estuviéramos haciéndoles la guerra, puesto que el resultado en casos numerosos es detestar el estudio, algunas áreas del conocimiento, la escuela o algunas de las prácticas que tienen lugar en ella.

Muchas cosas ya probadas están ahí y funcionan. Si funcionan, ¿Por qué no echarles mano? A propósito, de sentido común es saber el poder del afecto en la educación, educar con ternura, corregir con caridad. Soy profesor porque un puñado de docentes universitarios me antojaron, los vi locamente apasionados por lo que enseñaban. Terminé seducido y dije: ‘yo también quiero’.

[Foto de Viktor Hanacek]Pareja amorosa

Atención a esto. La pasión, la ternura y la belleza con la que se entregan los enamorados el uno al otro, hace que se encienda en su interior la chispa del amor y se olvida de los defectos, pues, hay algo más… Es como un big-bang. Es una explosión que se prolonga en el tiempo y el espacio. Por eso, el amante-amado espera con ansias el próximo encuentro, para darse al otro y recibir al otro.

En cada encuentro empieza a descubrirse el misterio: el amor atrapa porque hay mucho para dar y recibir, y en ese dar y recibir, el alma se eleva y el ser humano encuentra su grandeza.

[Foto de Viktor Hanacek]Amor

Qué tal si emulamos esta misma dinámica en las clases. Tal vez los estudiantes se olviden del timbre (campana) y se entreguen en cuerpo y alma al aprendizaje. Tal vez quieran volver a clases. Tal vez quieran aprender.

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Aprender a leer y escribir, ¿Para quién?

la lectura y la escritura como disfrute, leer y escribir por gusto, leer y escribir para sí. Lo demás viene por añadidura.

Aprender a leer y escribir, ¿Para quién? Este lío es, tal vez, el punto de quiebre de una educación pertinente y una educación amañada. En mi artículo sobre “El fracaso de la lectura y la escritura en la escuela”, he esbozado algunas cuestiones al respecto. Ahora me conecto un poco más con la angustia existencial en la que sumerge el sistema escolar a la mayoría (por no decir todos) de sus destinatarios.

Es necesario abrir un poco el horizonte de comprensión y entender que no es un problema que toca directamente a los estudiantes en forma exclusiva, en cuanto a su nivel de desempeño o al gusto que le ganan a la lectura y la escritura. La mayoría de las críticas y reflexiones se dirigen a pensar el asunto en términos de las estrategias erradas para la enseñanza-aprendizaje y las que deberían utilizarse dada su efectividad. Es honesto reconocer que esto es sólo una parte del problema. A lo que habría que sumarle un montón de variables familiares, sociales, económicas, políticas y emocionales.

Lo que quiero señalar, es que es un problema de todos. Es decir, no se trata de establecer qué tanto aprenden los escolares en lectura y escritura, o qué tanto logra enganchar la escuela a sus estudiantes en este aspecto importante de la educación; sino, poner en negrilla una realidad poco enfatizada, especialmente en muchos de los países latinoamericanos y en situación “emergente”: leer y escribir es asunto de toda la comunidad educativa, padres de familia, directivas, personal administrativo, cuerpo docente, estudiantes, personal de seguridad y todo aquél que tenga un nexo con la escuela, sobre todo, los líderes políticos.

Uno de los primeros retos es entender la escuela en un amplio sentido ético-estético (para muchos sería mejor decir filosófico): es el espacio sagrado donde se cultiva el pensamiento; se siembra y cuida el amor al arte y las letras (entiéndase amor en términos de amistad-fraternidad, deseo-placer y sacrificio-oblativo); se afianzan los valores y se enriquecen; donde el ser persona en el mundo, con los otros y para los otros, toma sentido; donde se consolida la identidad y tantos otros aspectos de la persona. En definitiva, es el lugar por excelencia para aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a vivir bien con otros en el mundo. Este último aspecto, muy pobremente trabajado en el desarrollo de las competencias y que, en pocos casos, a duras penas entra en el currículo, pero lamentablemente ahí se queda (el papel lo soporta todo).

<<El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar.>> (Laudato si, n. 13)

Antes de meternos en el meollo del asunto que nos convoca (aprender a leer y escribir, ¿Para quién?), preciso algunos aspectos que deberían sonar menos al hablar de la escuela, para dejar que suenen más sus notas características y esenciales (el sentido ético-estético).

a. La destinación casi exclusiva de la escuela a enseñar a leer y escribir. La finalidad de la escuela no es enseñar a leer y escribir. De hecho, en la legislación de países como España y Colombia, esto no aparece dentro de los fines de la educación, al menos no de manera explícita. Lo cual puede significar que la obligación de la escuela no es concentrar sus esfuerzos en ello, como sí lo es el fomento de la lectura y la escritura y en lo que ya hemos esbozado. Lo que puede parecer lo mismo, pero si nos detenemos en su análisis, hay una diferencia abismal.

b. La función preponderante de la escuela en cuanto a la promoción o desaprobación de sus estudiantes. La escuela, aunque tiene el encargo político y jurídico de administrar la aplicación y ejecución de la enseñanza dentro del marco de la educación formal a nivel inicial y básico, y por tanto, tiene la obligación de gestionar la promoción y aprobación de los estudiantes en cada área y período de estudio, uno de sus objetivos principales no es ni debe ser la calificación o valoración en función de una nota o puntuación (cualitativa y/o cuantitativa).

c. El rol protagónico de la docencia. Los protagonistas de la escuela y de la enseñanza-aprendizaje no son las y los profesores, tampoco lo son los libros o las herramientas tecnológicas y didácticas, no lo es el carisma, su fundador, perfil, horizonte o filosofía institucional. De hecho, el protagonismo de la escuela no radica en transmitir o transferir un conocimiento, sino en suscitar el amor por éste, y conducir a los chicos para que también puedan generar nuevos conocimientos.

Con toda seguridad, habrá que bajar el tono en otros aspectos, como las pruebas estandarizadas de Estado, las pruebas Pisa, entre otros. No quiero decir que no sean importantes y necesarias, sólo que la sinergia de las proyecciones institucionales no se deben concentrar en esto de manera obsesiva, para efectos de alcanzar un alto nivel de calidad. Pues, si los esfuerzos se concentran en lo fundamental, los resultados frente a estas mediciones serán satisfactorias, fruto de un proceso serio y fundamentado en la misión, visión y filosofía universal de la escuela.

Ahora,  bien, ¿Para qué y para quién aprender a leer y escribir? Si lo consideramos con detenimiento, el enfatizar las cuestiones anteriores se constituye, desafortunadamente, en la respuesta a esta pregunta en la mayoría de las experiencias educativas. Lo que vicia de facto, el acercamiento de los estudiantes a la lectura y la escritura. Es bien conocida la crítica, tanto al sistema industrial como al Estado, de concentrar las políticas educativas en función de adiestrar y moldear a los ciudadanos, para que se adecúen a los intereses y dinámicas empresariales y de los gobiernos, convirtiéndolos súbditos sumisos del modelo productivo de acumulación de capitales.

<<La educación y el maestro, sin saberlo, están formando al individuo, para que funcione como necesita el sistema; están preparando burócratas, en el sentido amplio de la palabra>> (Zuleta, 1985)

Tener que aprender a leer y escribir para dichos propósitos, perturba y pervierte el objeto y sentido de tan nobles competencias humanas. Pienso ahora en los estudiantes que diariamente deben leer textos (interesantes o no) en condiciones poco favorables y nada seductoras. A continuación enumero diez inconvenientes en la práctica de aula que nos alejan de una didáctica de lectura pertinente (aunque se enfatiza en la lectura, bien puede aplicar para la escritura).

1. Condiciones locativas (ambiente de aula) contraproducentes.

Desde la decoración del aula, hasta su diseño acústico y arquitectónico, inciden en el ejercicio de la lectura. Quiéralo o no, el docente debe procurar que el ejercicio de la lectura esté acorde con estas situaciones. Si bien, él, por lo general, no puede escoger el espacio habitual para la clase, sí puede intervenir la situación desde por lo menos dos perspectivas concretas: el ambiente de aula, una decoración (sin saturación) adecuada es de gran ayuda para suscitar el gusto por la lectura y la concentración en la misma; y una lectura pertinente.

2. Condiciones climáticas y administrativas adversas.

Especialmente en los climas tropicales y en países con altos índices de corrupción y pobreza, muchos de los establecimientos educativos no reflejan la intervención del Estado (con una ridícula inversión en educación). La infraestructura no está pensada para amortiguar las condiciones climáticas extremas, las cuales inciden directamente en el ritmo de aprendizaje y en la actitud con la que se participa de la clase, no sólo del estudiante, también en el ánimo de los educadores. Puede que la infraestructura esté pensada teniendo en cuenta estas condiciones, sobre todo en las nuevas edificaciones (muy pocas), pero queda faltando una dotación eficiente y su respectivo mantenimiento.

3. Lectura de textos sin conexión con el momento histórico.

Una falla que se ha vuelto constante es que la dinámica de la escuela olvida, aunque puede estar escrito en su Proyecto Educativo Institucional, que la educación debe conservar una doble fidelidad: a) ser fiel al momento histórico actual y, b) responder a las necesidades de la comunidad educativa. En este sentido, muchos de los textos que “tienen” que leer nuestros escolares, no se ajustan a estos dos requerimientos; fidelidad usurpada por la obediencia que deben observar las instituciones a las políticas y lineamientos de las autoridades educativas. Para muchos, un mal necesario.

4. Lectura de textos sin conexión con el contexto local.

Lecturas que poco o nada dicen sobre la situación real de la comunidad educativa y sus necesidades reales. ¿Quién desea sostener una conversación que está fuera del radar de sus intereses y motivaciones? ¿Qué pasa si se nos obliga a “platicar” sobre algo así? Algo parecido sucede con este tipo de lecturas. Intentemos imaginar lo que pasa por la mente de un estudiante que se ve “obligado” a leer algo que no es de su interés y que no tiene ninguna relación aparente con su realidad. Nefasto.

5. Lecturas sin una ambientación previa.

No siempre es necesario hacerlo, pero cuando se trata de textos densos y complejos, conviene hacer un acercamiento previo al autor y las motivaciones que lo llevaron a escribir. Cuánto mejorará la actitud del estudiante frente a la lectura si se le presentan datos curiosos sobre la misma, breves reseñas anecdóticas sobre el autor.

6. Ejercicios de lectura a-crítica.

Desarrollar talleres de lectura en los que se pretende que los estudiantes respondan a preguntas previamente establecidas por el docente, pero no se deja un margen importante para que ellos puedan identificar los argumentos explícitos e implícitos con los que puedan estar en desacuerdo, plantear posibles defectos de sintaxis, semánticos o de perspectiva. Uno de los aspectos más importantes en un taller de lectura escolar es, entre otras competencias, el desarrollo del pensamiento y su capacidad de lectura crítica.

7. Plantear/obligar actividades de lectura sin un mínimo sentido gratuidad.

Un ejercicio de lectura, despojado del carácter placentero, no conviene. Lo que se logra es insertar, en el inconsciente colectivo de los estudiantes, una disposición a la lectura como un esfuerzo necesario para alcanzar objetivos ajenos; “debo leer para otros”. En la experiencia de las tres instituciones donde he laborado, la mayoría de los escolares están automatizados en este sentido, se les da un artículo para leer y van directamente a las preguntas a resolver, si no las encuentran, las piden, incluso, antes de leer lo que se les propone. De donde interpreto que no se ha cultivado debidamente la lectura como disfrute, leer por gusto, leer para sí.

8. Forzar la lectura sin tratamiento pedagógico.

El punto de partida para que los escolares se sumerjan en el maravilloso mundo de la lectura, requiere de una etapa propedéutica, que empiece a leer por placer, leer lo que quiera, lo que lo cautive, sin que se vea sometido a talleres, en los que tendrá que responder preguntas preestablecidas por el maestro/a, muchas veces ancladas a su inventario conceptual y que poco desarrollan el pensamiento y la lectura crítica.

9. Lecturas sin tener en cuenta una didáctica diferencial y los estilos de aprendizaje.

Con talleres de lectura sin distingo de las necesidades educativas especiales, desconocemos el asunto de las inteligencias múltiples planteado claramente por Gardner, desconocemos que todos no aprenden de la misma manera, marginamos a los que tienen estilos de aprendizaje distintos. ¿Qué pasa, entonces, con los que aprenden más por el contacto visual, los auditivos, quinestésicos o los casos de Asperger?

10. Inducir a la lectura sin establecer para qué y para quién lee el estudiante.

Este es el centro y sentido del presente artículo. Es condición necesaria. Es el primer paso. Ya lo desciframos un poco en el punto 7. Una lectura que no cueste, una lectura gratis, es el primer paso para hacer que los estudiantes se embarquen en el maravilloso mundo de la lectura y la escritura. Pero, esto no puede ir solo, debe ir de la mano con un objetivo claro, preciso, contundente. No se trata de los logros, objetivos de los temas, metas de comprensión o Derechos Básicos de Aprendizaje (DBA). Se trata del objeto y sentido último de la lectura.

Una clave (son infinitas) para plantear este asunto de manera clara:

Es necesario, urgente, pertinente e inaplazable, resolver este asunto: ¿Para qué/quién leer y escribir en la escuela? Para ello hay que definir un objetivo claro y pertinente. Propongo estructurarlo siguiendo tres aspectos: ¿Qué leer? ¿Cómo leer? ¿Para qué leer? Si la planeación de aula no es tan rigurosa con esto o no lo demanda formalmente, la redacción de este objetivo (adicional a objetivos temáticos, indicadores, DBA) ayudará a apropiarnos del mismo, consecuentemente lograremos un mejor direccionamiento en las actividades con los escolares.

Una vez hayamos establecido el objetivo, podremos indicar el norte de la lectura en la escuela: ¿Para qué y para quién leer? ¿Para qué y para quién escribir? Si los estudiantes lo tienen claro,  la escuela irá dejando de ser aburrida, evitaremos las prácticas de enseñanza que marginanel fracaso de la lectura y la escritura en la escuela, y convertiremos la escuela en un escenario prodigioso. Y, lo más importante, propiciaremos que los estudiantes practiquen la lectura y la escritura como disfrute, leer y escribir por gusto, leer y escribir para sí. Lo demás viene por añadidura.

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12 razones para ser profesor/a

Razones para dedicarse al oficio docente hay por montón. Entonces, ¿Cuál es la novedad? Pues, estas intuiciones están amparadas, primeramente, en la experiencia propia y de colegas; en la riqueza del contacto con los niños, niñas, adolescentes y jóvenes en el colegio (escuela); en fundamentos interdisciplinares, como la pedagogía, ética, filosofía, teología, sociología; y en la madurez intelectual y espiritual de quien lo expresa.

1. Es una vocación sublime.  Todas las  personas de cualquier otra profesión han pasado por el cuidado y acompañamiento (pedagogía) de un profesor/a. A él sus familias, la sociedad y el Estado, le han confiado la delicada misión de perfeccionar a la humanidad, para que aprenda y enseñe el arte de vivir, por eso merece el título de “Maestro/a”.

2. Es un acto de amor. Quien ha desempeñado su labor docente con total entrega, sabe que es un acto de amor puro, al estilo de Jesús, una continua entrega, en la que se soportan incontables sacrificios, esfuerzos, renuncias. Casi que es un «dejar a su padre y a su madre» para seguir una vocación, la vocación de amar al mundo, gastando y desgastando su vida, para que quienes viven en él, lo sepan hacer.

3. Es un acto de donación del ser. Un buen profesor/a es consciente que su tarea no dura seis u ocho horas. Él sabe, en su cerebro está tatuado, que su rol se vive 7×24. Diariamente, a cada instante, está en función de su vocación, porque se debe por completo a sus estudiantes. Su tiempo ya no es su tiempo. Pues, viendo una peli, saca ideas para la próxima clase; viendo las noticias, piensa en la situación de sus chicos; muchas noches de insomnio están ligadas a su oficio; tras el campanazo (timbre) final, deja a sus estudiantes pero no las preocupaciones en torno a ellos. Tarde o temprano, termina involucrando, incluso, a su propia familia.

4. Es una continua defensa y promoción de la dignidad de la persona. Esto es al extremo, por eso corrige las equivocaciones éticas y morales de sus estudiantes, con mucha más pasión que las de matemáticas o lenguaje, porque entiende que repercuten en la dignidad de ellos. Con mayor razón los cuida de los errores y atropellos de terceros; por eso, está atento a los signos de abuso y malos tratos por parte de sus cuidadores o de cualquier otra persona.

5. Es un sano y bien entendido ejercicio de la Política. Si entendemos la política como el ejercicio y esfuerzo constante por la búsqueda del bien común y el establecimiento de la justicia social, o como lo entiende el Papa Francisco, la política como <<una de las formas más altas de la caridad>> o, lo que es lo mismo, <<una sublime manifestación del amor>>, entonces sabemos que los maestros/as son políticos por naturaleza. Desde luego, esto es una versión contraria a la corruptela que nos venden por política, tanto los medios de comunicación, como la mayoría de los dirigentes políticos. Profético sería, volver la mirada al rol y función del profesor/a, para entender la esencia de la política.

6. Es un humilde servidor público. En esto se asemeja un poco a la figura del «siervo sufriente» referido en la profecía de Isaías. El inocente que sufre las injusticias para justificar al pueblo. Lleva a cabo su labor, sin tener en cuenta las incomprensiones, la falta de apoyo efectivo y eficiente del Estado, la sociedad y, en muchos casos, de la misma familia del estudiante. Lo soporta, aunque el salario no sea el mejor, lo hace con pasión por vocación, amor, donación, política, dignidad humana.

7. Es un germen de cambio y transformación social. Permanentemente está sembrando en sus escolares el impulso y la necesidad de cambiar la realidad para bien. Los motiva permanentemente para que, mediante la formación-transformación del ser, puedan transformar su entorno, generar soluciones, canjear las adversidades por posibilidades, cambiar las crisis por progreso y superación. Está poseído por la firmeza y tenacidad de Arquímedes:

<<Dame un punto de apoyo y moveré el mundo.>> (Arquímedes)

8. Es un constante gestor de paz. Aunque sea bueno en su ciencia y domina casi a la perfección el arte de enseñar, su interés más importante no es transmitir lo que sabe sino construir una sociedad en paz. Por eso, trabaja sin parar para que sus estudiantes aprendan a vivir en armonía. Reconoce que los conflictos son acontecimientos naturales en la vida de los colectivos humanos, pero se debe aprender, sí o sí, a superarlos de manera constructiva. Todos sabemos que nuestros profes, en virtud de su oficio, son mediadores expertos en resolución pacífica de conflictos. De hecho, su quehacer se debate entre la prevención, la atención y el seguimiento de situaciones que atentan contra la sana convivencia.

[Los profesores/as son] <<¡Artesanos de humanidad! ¡Y constructores de la paz y del encuentro! ¡Ojalá los gobiernos tomen conciencia de la magnitud de su tarea! (Papa Francisco)

9. Es un hacedor de milagros. De manera especial, el maestro/a que desarrolla su labor en comunidades marginadas por la pobreza y la injusticia social, se convierte en un multiplicador de gracias. A cuántos sacia el hambre y sed de conocimientos, pero también el hambre material. Alivia las heridas del pasado y presente abusado. Escuelas edificadas y reconstruidas con su propio esfuerzo y patrimonio, o por su gestión voluntaria de recursos donados o recaudados con actividades comunitarias. Muchos maestros/as cercenan su propia billetera para subsidiar los útiles y hasta vestido o alimentación de sus acompañados. Todo esto y más, ignorado por la mirada indolente de gobiernos corruptos y negligentes.

10. Es un artista. La única virtud trascendente en un artista no es crear obras de arte, también lo es su capacidad de descubrir, cuidar y resaltar la belleza escondida en cada obra aunque no le pertenezca. Como es de suponer, si el “profe” es un artista, su oficio es un arte: crear, pulir, perfeccionar y embellecer la obra más importante, la persona, sus estudiantes. Cada explicación, instrucción o corrección es una pincelada. Sus clases, un sinfonía magistral. Sus aulas, las instalaciones de un alfarero. Sus consejos, bellos poemas. Su silencio, un canto armónico. Su material didáctico, una partitura… Lo que hace es arte en estado puro.

11. Es un orgullo para la sociedad. Haga usted el juicio. Si resuelves que no lo es, entonces intenta imaginar una sociedad como la actual, sin los maestros/as.

12. Es un oficio divino. Todo lo anterior no sería posible ni alcanzable, con fuerzas y atributos meramente humanos. Esto de ser profesor/a tiene que ser, necesariamente, un acto divino, es decir, la gracia de Dios que se derrama a través de los/as “profes”.

Si eres profesor/a valora el depósito divino que hay en ti. Si quieres serlo, considera abrir tu corazón para que Dios obre a través de ti. Si tienes un profesor/a familiar, amigo o conocido cercano, apóyale en su ardua labor de educar-salvar a la humanidad.

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Educación efectiva, una “pedagogía de la belleza”

La esposa__Amor, se acerca el tiempo de matricular a María. El esposo__Cierto. Ya está en edad escolar. La esposa__Necesitamos llevarla a una buena escuela, que sea efectiva, con un proceso de formación integral, que le ayude a desarrollar las competencias necesarias, como su inteligencia emocional y que atienda a sus necesidades y habilidades personales. El esposo: ¡mhhh!

El común denominador de los padres de familia y de las instituciones educativas en todos los niveles, en cuanto a la formación de la niñez y la juventud, es conseguir que la educación que se les brinda sea de calidad y los forme de manera efectiva e integral. Pero, ¿Cómo hacerlo? ¿Existe una educación efectiva? El problema en sí mismo no es tan complejo, como complejo lo hacen las variadas circunstancias e intereses a los que  debe corresponder el aparato institucional. Por ejemplo, no bajar la guardia en cuanto a la deserción escolar, los índices de calidad, el recorte presupuestal que incorporan los gobiernos, el reto de las nuevas tecnologías, la delincuencia, la drogadicción, los problemas ambientales, entre otros.

          ¿Qué se puede hacer?

Para poder llevar un proceso efectivo y afectivo en educación, es decir, llegar a afectar en sentido positivo y producir el efecto esperado en los sujetos de enseñanza-aprendizaje, es necesario hacer una lectura atenta de los actores que están involucrados en la misma. Partiendo de un presupuesto fundamental: el conocimiento tiene que ser una construcción democrática (construcción colectiva, que comporte y soporte los disensos), que requiera de sujetos activos en su propio proceso de aprendizaje (los estudiantes) y sujetos de la enseñanza con un rol más mediador que de poseedor del saber (el docente), y no un dictado dogmático.

Otro presupuesto básico e imprescindible, los niños al ingresar al sistema escolar, no lo hacen como tabula rasa, carentes de conocimientos, saberes y nociones, y que, por tanto, la educación de la persona no inicia en la escuela. Esto es, al inicio no tenemos estudiantes vacíos, sino que, con lo que son, lo que saben y lo que han vivido, deben potenciar ciertas habilidades que los conlleven a lograr transformaciones y creaciones a partir de lo que aprenden.

        Es urgente diseñar un currículo pertienente

Urge la necesidad de construir propuestas curriculares que le apuesten a una participación más activa de parte de los estudiantes. Debido a que la educación escolar ha sido desarrollada durante siglos, de tal manera que el estudiante se limite a recibir la información y conocimientos que le imparte el docente, se ha convertido en una actividad tediosa y en contados casos logra impactar-afectar a los estudiantes.

Un detalle que resulta contraproducente en el sistema escolar de países latinoamericanos, es que los sujetos en la escuela tienen que ajustarse a una serie de estándares y lineamientos curriculares, los cuales han sido pensados, generalmente, desde la comodidad de un escritorio o espacio creativo centralizado. Dicho de otra manera, las políticas educativas son concebidas desde las oficinas del Ministerio de Educación y no desde la realidad concreta del contexto escolar. Lo pertinente es que éstas sean pensadas desde la realidad concreta de la escuela.

En este sentido, para muchos ya sonará desgastada la denuncia que reclama a las autoridades educativas estatales, lo inconveniente que resulta evaluar con el mismo sistema, esquema y contenido (pruebas estandarizadas) a estudiantes de estratos socioeconómicos altos, de instituciones privadas, con aseguradas garantías sociales, políticas, económicas, recursos didácticos y tecnológicos abundantes, y a estudiantes de estratos bajos, campesinos y/o en situación de marginalidad o pobreza extrema.

La anterior es una clásica protesta contra las políticas ministeriales. Ahora bien, podrá argüirse que los estándares y lineamientos curriculares deben ser ajustados y contextualizados a la realidad y las necesidades de cada establecimiento educativo. Sin embargo, no deja de ser una camisa de fuerza y un condicionante que impide, en muchos de los casos, un verdadero proceso de construcción curricular que responda a las necesidades reales de cada comunidad educativa. Por ejemplo, cuando se piensa en la construcción de los planes de área, la pregunta prima es ¿Qué enseñar? Y la respuesta a esta cuestión ya viene viciada, puesto que la norma vigente es la que dicta las áreas que deben ser estudiadas en los establecimientos educativos, y aunque no prohíbe que se incorporen otras disciplinas del conocimiento, de por sí representa un reto/dificultad enorme para la efectividad y eficiencia del proceso de enseñanza-aprendizaje de los saberes en la escuela. Esto es, casi que se pretende que los sujetos en la escuela se sumerjan en un amplio mar de conocimientos, pero sin profundidad y, lo que es peor, en la mayoría de los casos no se privilegian los intereses de cada estudiante con relación a los contenidos, al tipo y ritmo de aprendizaje.

          El papel de la lectura y la escritura

Ejercicios básicos e importantes como leer y escribir, no logran ser reconocidos por la mayoría de los estudiantes como lo que son, herramientas y recursos útiles para la transformación de la educación, de la realidad (propia y circundante). El esfuerzo escolar gira en torno a la idea de enseñar la lectura y la escritura como algo meramente útil para “hacer tareas”. Cuando de lo que se trata es de acciones útiles para acceder a la formación, transformación y emancipación; toda vez que la lectura abre los sentidos, ayuda a desarrollar la capacidad de pensar por sí mismos, a tener una mejor y mayor comprensión del mundo, permite acceder a otras perspectivas sobre la realidad y la forma cómo el ser humano se relaciona con ésta, consigo mismo, con los otros, con lo Otro. Por ejemplo, quien no cuenta con recursos para explorar y conocer el mundo, en la lectura encuentra una posibilidad y una oportunidad propicia para hacerlo. En cuanto al escribir, esto sí que puede resultar un acto liberador. Es una oportunidad trascendental con la que cuenta la persona, es darse, es transmitir lo que se es, tiene, piensa; es la posibilidad de reinventar el mundo, es poder resignificar la propia vida, es una oportunidad ideal para quien pensar diferente implique arriesgar la vida. Es, en resumidas cuentas, la oportunidad más concreta de ser “uno mismo”.

             Conceptos claves: “planeación” y “planificación”

A la hora de desarrollar el ejercicio docente y todo lo que implica vivir en y para la educación, las preguntas orientadoras de la pedagogía (¿Qué, quién, a quién, cómo, dónde, por qué, para qué enseñar?) son piezas estructurales. En este orden de ideas, hay un par de conceptos claves que acompañan el antes, el durante y el después del acontecer de los procesos y actividades educativas: “planeación” y “planificación”. Estos dos conceptos son básicos y se reclaman el uno al otro, de manera que nada de lo que se planee, puede alcanzarse de forma efectiva, sin la respectiva planificación. Así, pues, tanto la planeación como la planificación, requiere de un proceso serio, reflexivo, constante, continuo y evaluativo. El primero se prolonga en el tiempo, el segundo se da en el día a día.

         Lograr una educación efectiva, una “pedagogía de la belleza”

Tanto la planeación como la planificación, conceptos que muchas veces son utilizados de manera indistinta, junto con las cuestiones que parten del “qué” y desembocan en el “para qué”, están inevitablemente advocados a desarrollarse de la mano con la lectura y la escritura. Pero, no siempre es claro para qué se enseña a leer y a escribir. Peor aún, pocas veces los estudiantes llegan a la claridad de la cuestión “para qué leer y escribir”. Esto constituye una gran limitante para conseguir una educación efectiva, sobre todo si lo que se quiere es llegar a afectar a los estudiantes, llegarles al corazón, es decir, enamorarlos y despertar en ellos la pasión por lo que se estudia, por lo que se aprende y no un mero adoctrinamiento o insulso proceso de memorización, sino un proceso que conduzca al aprendiz a un estado de perfeccionamiento continuo, virtuoso, que comporte, incluso, el cuidado de sí, el cuidado el otro, como el ideal de la escuela pitagórica que cultivaba la formación guiada por la “pedagogía de la belleza”.

<<La belleza, en su definición humana, la concebían los pitagóricos como exaltación del individuo a su propia perfección a través de dos medios complementarios: el desenvolvimiento integral de sus facultades físicas, morales e intelectuales, y como una progresiva incorporación del propio arquetipo o modelo divino.>> (J. Maynade, 1979)

Volvamos a insistir en la cuestión del “para qué se enseña”. Ya se ha dicho que es crucial para la efectividad y afectividad de los procesos de enseñanza-aprendizaje. Por eso, si la planeación y planificación de los procesos educativos garantiza la claridad a este asunto, podrá tener mayor sentido el ejercicio de enseñar y la aventura de aprender. Es decir, que tanto el sujeto-de-enseñanza, en su planeación y planificación tiene clara el para qué de aquello que enseña, como el sujeto aprendiz, en su rol de sujeto activo en función del aprendizaje, desarrolla la conciencia sobre el sentido de ser-sujeto-de-saber en la escuela; podrá, entonces, gestarse un nuevo paradigma de la educación: el maestro atento a la realidad de sus estudiantes, tomando nota de sus intereses y necesidades reales, aprendiendo mientras enseña (dejarse enseñar), siendo cada vez menos protagonista y más un mediador, sin renunciar a su perfil ejemplar y prospecto de vida; y los sujetos de aprendizaje –los estudiantes- en la actitud de quien es capaz de aprender de manera autónoma, con la docilidad y humildad de quien reconoce en el otro a alguien que tiene mucho por enseñar, con un rol más protagónico en el aprendizaje, haciendo de la lectura y la escritura su escudo y espada para vencer la ignorancia, la pobreza, la violencia y liberarse de cualquier fuerza externa que lo oprima.

         “Volver a lo esencial”

Conviene leer el artículo del diario El Colombiano sobre las “cosas que nos enseñan en la escuela y no sirven”, en la que el pedagogo Julián de Zubiría insiste en la importancia de “volver a lo esencial”. Lo que señala/denuncia es un sistema educativo basado en la memorización de una cantidad de información que resulta “impertinente” y en poco o nada aportan a desarrollar la capacidad de pensamiento crítico. En este sentido, la educación o los saberes que se tejen en la escuela están lejos de lo que intentamos plantear en esta reflexión, esto es, la práctica pedagógica de los sujetos y saberes en la escuela no cumple su función emancipadora. De ahí que de Zubiría destaque la incapacidad de la inmensa mayoría de los jóvenes colombianos de hacer “lectura crítica” de los textos y de la realidad-sociedad-historia.

“La gran mayoría de cosas que hoy se enseñan en los colegios, la gran mayoría, son impertinentes, no las usamos en la vida y lo que uno necesita en la vida, no se lo enseñan en la escuela”. (J. de Zubiría, 2017)

Por lo anterior se hace necesaria la ruptura de la relación del sistema escolar que se erige en la verticalidad, para convertirse más en una relación de acompañamiento, es decir, dejar de estar “frente” al estudiante y de espaldas a la realidad, para situarse con-el-estudiante de “cara” a la realidad. Suscitar en el sujeto-estudiante el amor por el conocimiento. Propiciar prácticas metodológicas y enfoques temáticos que contribuyan a su emancipación, pero también a la emancipación del maestro. Cultivar -valga la redundancia- la cultura del aprendizaje, del aprendizaje autónomo, que forme conciencias críticas, sujetos capaces de responder a los fundamentos de la educación en el contexto histórico en el que vivimos.

         En conclusión

La educación debe construir su efectividad, su “pedagogía de la belleza”, sobre una base sólida, acompañando con tacto pedagógico a los sujetos de enseñaza-prendizaje, para que estos puedan emanciparse. Dicho de modo más contundente, para que puedan:

  • Aprender a aprender, pues, el sujeto-docente no es dueño del conocimiento ni mucho menos dueño de la verdad. En este sentido, la escuela debe promover la autoformación, que se entienda y asuma que los personajes históricos conocidos como autodidactas, no son sacados de cuentos de hadas, sino sujetos que decidieron aprender a aprender, a amar el conocimiento y a reinventarse ellos mismos y su realidad circundante a partir de la adquisición autónoma del saber y la producción de nuevos conocimientos y nuevas formas de entender y habitar el mundo.
  • Aprender a ser, por lo que la escuela debe apostarle a la liberación del individuo, que aprenda a ser coherente. Para lo cual se requiere que haya una profunda comunión entre el ser-pensante que es el alumno y aquello que se estudia, sin que esto signifique asumir siempre aquello que conoce como verdad absoluta. También debe forjar criterios para disentir de las presunciones dogmáticas de verdad.
  • Aprender a hacer, esto operaría un profunda e irreconciliable ruptura con el ideal sistemático de la educación como adecuación, pues, no se trata de aprender a repetir un ordo ritual que permita encajar al aprendiz en la dinámica inalterable de las fábricas y de la norma, que se adecúe, como sí de educar a un sujeto con iniciativa, con criterios, capaz de desarrollar el germen de divinidad que hay en él, ser creador.
  • Finalmente, aprender a convivir. Ciertamente, vivir con otros es una realidad compleja, no en sí misma, sino por el conflicto de intereses que van confeccionando la historia de los colectivos humanos. Este aspecto requiere de una mayor atención, no sólo de parte de los docentes que trabajan en disciplinas humanistas, de corte ético o religioso; también el matemático, el químico, el artista y los de los demás campos del saber, tienen que contribuir y aportar a la sana convivencia; sus temas de estudio y sus propuestas metodológicas tienen que apostarle a que el lugar que habitan los sujetos-alumnos y los sujetos docentes, sea un mejor “vividero”.

 

Referencias:

  • Zuleta, Estanislao (1985), La educación un campo de combate, entrevista con Hernán Suárez.
  • Pedagogía de la belleza, Cap. VIII “Los versos áureos de Pitágoras. Josefina Maynade. México: Ed. Diana, 1979.
  • Ley 115 de 1994, Ley General de Educacion.
  • De Zubiría, Julian (mayo 25, 2017). Cosas que nos enseñan en la escuela que no sirven. Tomado de http://www.elcolombiano.com/colombia/educacion/cosas-que-nos-ensenan-en-la-escuela-y-no-sirven-GE6600091

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¿Eres realmente feliz en lo que haces? Algunas claves para [re]descubrirlo

Profe, ¿Eres feliz en lo que haces? Tal vez no te hagan ni te hagas muy seguido esta pregunta. Pero es básico que empieces a pensar en ello y que cada cierto tiempo vuelvas a hacerlo. Esta pregunta bien puede aplicar para cualquier profesión, incluso, para quien quiere ser un buen padre o una buena madre. Claro. Basta con cambiar el apelativo “profe”, por papá, ingeniero, doctor, blogger, o cualquier otra profesión u ocupación. Si bien, preguntártelo no traerá inmediatamente la felicidad a tu ser y hacer, sí es un buen punto de partida para que seas inmensamente feliz en tu quehacer. Te sugeriré aquí algunos tips, no son los únicos, pero funcionan.

Recomendaciones a seguir.

  1. Tómate tu tiempo. Al desarrollar cada uno de estos consejos, es muy importante e imprescindible que no hagas todo el proceso de un solo tajo. Debes tomarte tiempo, ¿Cuánto? El que sea necesario. Sólo no te apresures, pero tampoco lo dilates indefinidamente, especialmente si es consecuencia de temores o inseguridades. Comprendo que pueden haber situaciones de orden contractual o monetarias que pueden urdir decisiones, inclusive, presiones de tus jefes o en tu hogar. No es fácil. Pero debes establecer un equilibrio justo en la dosificación del tiempo para adelantar este proceso. En buena parte, de esto dependerá si quieres ser feliz en lo que hagas o vivir desdichado so pretexto de poder acceder -por ejemplo- a un “buen” nivel salarial.
  2. Recurre a la meditación y/o a la oración. Si no eres creyente, te propongo que recurras a técnicas de respiración y relajación antes de cada sesión, por ejemplo, un poco de yoga puede ser de gran utilidad. Si eres creyente, ayúdate de la meditación, la oración y la contemplación. A lo largo de la historia, se cuentan por montón los signos prodigiosos que muchísimas personas han conseguido a través de la oración constante y con fe profunda. Hay que saber pedir: pedir lo que conviene y pedir con absoluta confianza.
  3. Renuncia a tu zona de confort. Advertencia. No sigas avanzando sino estás dispuesto o dispuesta a salir de tu zona de confort. Lamento aclararte o recordarte que muchas veces las personas dejan de progresar en sus vidas (no hablo sólo de lo económico) por temor a renunciar a las falsas seguridades que les conceden algunas “gabelas”. ¿Por qué conformarte con poco a costas de tu felicidad, si puedes ir por más, llegar mucho más lejos, explotando al máximo los dones que la vida te ha dado y alcanzar una felicidad más plena? Sacude el polvo de tus pies, empieza a remar en el mar de la felicidad.
  4. Hazte la pregunta: ¿Soy feliz en lo que hago? Esta es la punta del iceberg. La pregunta fundamental. Alguno te dirá que lo fundamental es tener un buen proceso de discernimiento a la hora de conocer cuál es tu vocación o, simplemente, descubrir a qué debes dedicar tu vida y esfuerzos. Naturalmente, esto es lo más indicado, pero lo más probable es que tú ya estás dedicado a algún oficio, profesión, vocación, o como lo quieras llamar. Así  que ya es un poco tarde (tal vez) para ello, pues, se trata de pensar si eres o no feliz en lo que ya escogiste. Es importante que no lo hagas a la ligera, por salir del paso o por encontrar una fórmula milagrosa para tu felicidad. Ten cuidado, no se trata de una poción mágica al mejor estilo de la literatura de los Hermanos Grim. Es tu realización plena lo que está en juego, tu proyecto de vida, tu vida misma.
  5. Toma nota de las respuestas y descubrimientos que has tenido, tras la pregunta: ¿Soy feliz en lo que hago? Escribir tus hallazgos, hará que te tomes muy en serio este ejercicio. Si no estás habituado a la escritura, o no lo haces tan seguido, cuando lo hagas, notarás que es algo más complejo que pensar o hablar. Esto, aunque implica un poco de esfuerzo y dedicación, disciplinará tu cerebro y ordenará tus ideas. No es casualidad, que muchos maestros, psicólogos y expertos en proyecto de vida y liderazgo, recomienden empezar por escribir las metas, anhelos,  pensamientos y aspiraciones profesionales y laborales. Esto facilitará el siguiente paso.
  6. Haz un balance. Una vez que hayas tomado nota de las respuestas y descubrimientos a partir de la pregunta inicial, es conveniente que las clasifiques. Para hacerlo te recomiendo un modo simple, pero puedes utilizar tu creatividad y realizarlo como mejor te parezca. Lo que te sugiero es que categorices las respuestas en dos listas. Una lista de lo pertinente: cuestiones en tu quehacer que resultan apasionantes, que se te facilitan, lo productivo, lo que genera impacto, lo que te satisface, lo que aporta al bien común, entre otras. Y una lista de lo adverso: cuestiones que te generan un alto nivel de estrés innecesario, lo que no te resulte hacer tan fácilmente y que ya hayas tratado arduamente en mejorar sin resultados, lo que te produce estados depresivos, lo que no aporta al bien común, lo que no logra un impacto positivo en los beneficiarios de tu labor, entre otras. Terminado el registro escrito de tus respuestas con las dos categorías para el balance, pasa al siguiente punto.
  7. Busca el consejo de un profesional o de una voz autorizada. Al llegar a este punto, quizás pienses que es el más apropiado y que, por tanto, los demás puedes descartarlos. Por suerte, estos tips no son una camisa de fuerza, son simples recomendaciones hechas con toda la humildad, pero que han sido pensados y acrisolados por la propia experiencia como profesor y la de personas cercanas. En todo caso, este punto no es menos importante. Es el momento conveniente para ir con una persona que tenga un mínimo de claridades probadas, un psicólogo o terapeuta especializado en salud ocupacional o formación para el trabajo, sería el indicado. Aunque puedes aconsejarte de personas maduras, curtidas por la experiencia y con una visión equilibrada y una mentalidad abierta. Sea cual sea, no busques a cualquier persona, no sea que termines más confundido/a que al principio. En todo caso, es recomendable que hagas los pasos anteriores, puesto que un profesional en este campo no te resolverá la crisis existencial con una terapia o con unas cuantas pastillas. Al final, quien tiene que tomar decisiones eres tú. Nadie puede ni debe tomarlas por ti.
  8. El momento para cerrar el balance y tomar decisiones. Si sigues fielmente cada paso hasta aquí, tendrás suficientes elementos de juicio para que tomes decisiones acertadas, con sabiduría y prudencia. Es tiempo de que hagas las “cuentas”; ten en presente el balance (punto 6) y la conversación con tu consejero/a (punto 7). Recuerda, eres el único que puede y debe tomar las decisiones importantes en tu vida. No permitas que otros lo hagan por ti, mucho menos dejes algo tan importante como tu felicidad en manos del azar. Bien, ahora tendrás que decidir. Si en lo que haces (trabajo, labor, oficio, profesión, vocación u ocupación) hay más amarguras que satisfacciones, lo más seguro (tú decides) es que sea momento de darle un giro a tu vida y encontrar tu feliz y plena realización personal en otra profesión/vocación. Si por el contrario, y a pesar de las dificultades y adversidades, tu quehacer te proporciona razones suficientes para ser y sentirte feliz, la decisión es obvia. Pero, falta algo…
  9. Toma la decisión más importante: SER FELIZ. Sí. Debes tomar la decisión de ser feliz. Algo tan importante no se puede supeditar a los otros o a las circunstancias, no puede quedar al arbitrio de la dirección en la que corra el viento. En definitiva, cuando decides ser feliz, lo que estás haciendo es una opción fundamental: dotar de sentido tu propia vida.
  10. No archives la pregunta. Una cosa más, no mandes al cuarto del olvido la pregunta: ¿Soy feliz en lo que hago? Conviene tenerla a la vista, no para volver a seguir estos pasos y tomar nuevas decisiones (eso no sería un buen signo), mas sí para recordar que sin importar lo que hagas, dónde lo hagas, con quién o por qué, tú eres el dueño de tu felicidad. La felicidad no es una meta, es el mejor estilo de vida y la forma más natural de ser y habitar el mundo.

Una última recomendación, con respeto, te propongo dos textos bíblicos útiles para la meditación con el propósito en cuestión:

“Fracasan los planes cuando no se consulta, y se logran cuando hay consejeros”. (Prv 15,22)

“Hermanos míos, estimen como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas. Ya saben que, cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a tener paciencia, que la paciencia los lleve a la perfección, y así serán hombres completos y auténticos, sin que les falte nada. Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídala a Dios, y la recibirá, porque él da a todos generosamente y sin reproches. Pero que pida con confianza y sin dudar. El que duda se parece al oleaje del mar sacudido por el viento”. (St 1,2-6)

Espero que este artículo te sea de ayuda o se lo recomiendes a alguien cercano. ¡Éxitos!

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Prácticas escolares que marginan [sin querer queriendo]

“¡Buen día chicos! ¿Cómo están? … ¡Qué bueno! De pie para iniciar la jornada: ‘en el nombre del Padre…” Soy creyente, docente de Educación religiosa, aún así, me pregunto: ¿Qué sentirán o pensarán los estudiantes que creen diferente y los que no creen? El gesto es noble, sin malas intenciones, al fin de cuentas, oramos para que todo vaya mejor. Sin embargo, ¿Todos en el aula se sienten incluidos en este gesto piadoso? Otro caso. “No olviden lo más importante de la lección de hoy: deben amar a sus papás con todo su corazón, ellos son sus héroes, sus ejemplos a seguir, y ya que se acerca su día, le prepararemos un regalo en la clase de arte, traigan el material que les pedí”. ¿Qué piensa o siente el huérfano, el que fue o es abusado por su progenitor, el ve cómo su padre golpea permanentemente a su madre, el que sólo recibe de su padre el aporte económico…? Insisto, la intención es noble, pero cuán excluyente puede resultar el discurso y la didáctica en las actividades de enseñanza y aprendizaje.

Palabras y frases con una fuerte carga emocional se repiten incesantemente en las lecciones. Por favor, dispense usted, apreciado lector, que siga insistiendo en lo mismo, la intención es noble. Pero, qué hay del niño o la niña que ha sido abandonada por su propia madre, y le toca aprender a leer y escribir, repitiendo hasta la saciedad frases como: “mi mamá me ama, mi mamá me mima, amo a mi mamá”. Pensemos en esta otra situación: “chicos, escuchen muy bien la explicación… ¿Sí me escuchó, Méndez? …ese es el problema, que ustedes no prestan oído…” Sucede en grupos con presencia de estudiantes sordos y con hipoacusia. El sentido puede ser figurado, o con el propósito de captar un máximo nivel de atención en los estudiantes, pero, ¿no es esto una didáctica excluyente?

Al leer estas líneas, probablemente se nos venga a la mente muchos otros casos similares. De todas formas, quiero aclarar que no estoy haciendo una denuncia. Mas, se trata de una invitación a revisar el lenguaje y las prácticas en la escuela que, aunque “efectivas”, pueden lacerar la dignidad, los sentimientos y las emociones de los estudiantes.

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El milagro de la escuela

El titular debería ser en plural, dado que se cuentan por montones los signos casi inexplicables que se obran en los establecimientos educativos. Por ejemplo, podemos encontrar chicos que no tienen una participación activa, no cumplen con sus compromisos, pero son felizmente constantes en la asistencia y raras veces faltan a clases. Estos estudiantes, que aparentemente no les interesa el estudio, nos inquietan, por lo que es corriente (en mi experiencia) escuchar a colegas que manifiestan no entender por qué siguen yendo a clases si no se involucran. Ya verás lo que he descubierto.

Es usual que ponga la mirada en los aspectos frágiles y cuestionables del sistema escolar. Pero, ahora, y desde hace algún tiempo, me llaman poderosamente la atención las muchas experiencias cuasi milagrosas que viven muchos niños, niñas, adolescentes y jóvenes en las instituciones educativas. Muchos estudiantes que presentan un bajo desempeño académico y que pareciera no interesarles las actividades de aprendizaje, contraponen su actitud a algunos aspectos, al parecer, contrarios a su grado de rendimiento.

  1. Son constantes en la asistencia a clases, raras veces dejan de asistir a la escuela.
  2. Normalmente son alegres y muy activos en los juegos y actividades “extracurriculares”.
  3. Son más generosos en la prestación de algún servicio.
  4. Por lo general, tienen un particular sentido de pertenencia por la institución.
  5. Tienen una gran disposición para establecer redes de amistad mucho  más amplias.

Si bien, estos factores no son una regla general, es lo que he constatado en algunos de los estudiantes que presentan la tipología descrita al principio. El descubrimiento va más allá, pero tiene un sabor agridulce. El mejor momento del día para estos chicos es el que pasan en la escuela. El colegio o la escuela es su zona de confort, es el sitio seguro, es su oasis de paz. Encuentran en la escuela buena parte de lo que la vida y/o la familia les ha negado, afecto, seguridad, comprensión, inclusión, una figura paterna (su maestro) o materna (su maestra), una familia, motivos para sonreír, y entre otras cosas, hasta alimentación.

Es formidable la historia dramatizada en la película De la calle a Harvard, una frase de este film me alta el pensamiento: “La escuela es un lugar aburrido, pero es el mejor lugar para estar” -o algo así-. En mi artículo ¿Por qué la escuela es aburrida? esgrimo algunos aspectos que hacen de la escuela una experiencia aburrida, pero ahora lo hago desde la otra orilla: también lo es para el maestro, ya que tiene que lidiar con un sinnúmero de situaciones adversas y poco favorables a su oficio: sistema escolar obsoleto, inoperancia del Estado, poco o nulo compromiso de los padres, grupos de estudiantes muy numerosos, alto porcentaje de chicos disruptores, con déficit de atención o sin referentes de autoridad, la lista es larga.

Pese a este panorama, como maestros toca sobreponernos, tomar fuerzas, volver al amor primero y encontrar la inspiración para intervenir todas las situaciones posibles que vienen al aula en la “mochila” de nuestros estudiantes, pues, puede que esas cuantas horas sean el momento más apacible del día a día para muchos de ellos.

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El fracaso de la lectura y la escritura en la escuela

Un episodio de la historia escolar muchas veces repetido: Una niña pregunta,“profe, ¿Para qué debemos asistir a la escuela?”. La maestra le responde, “para aprender a leer y escribir”. Nuevamente pregunta la niña: “¿Para qué sirve saber leer y escribir?”. La respuesta no se hace esperar: “pues, para que hagas tus tareas”. Una vez más la pequeña intenta preguntar, pero es interrumpida: “vuelve a tu puesto y haz tu deber”. Probablemente, a cada docente, en algún momento, se le habrá acercado uno de sus chicos en el aula con la misma inquietud.

Urge la necesidad de promover la lectura y la escritura entre los escolares como una posibilidad de libertad y felicidad, y como uno de los recursos más efectivos para alcanzar sus sueños y expectativas de vida. Sí, así es. Cuando leo, tengo la posibilidad de explorar mundos, tiempos, lugares, realidades a las que mis limitaciones económicas y espacio-temporales me lo impiden. Puedo conocer cómo otros, muchos otros, entienden el mundo y sus realidades más complejas. Ésto en cuanto a la lectura. No es menos importante lo que puedo alcanzar con la escritura.

Cuando escribo, tengo la posibilidad real de ser yo mismo, ser libre, puedo decir lo que pienso, oponerme a las ideas que no me parecen, desaprobar, rectificar, incluso, reinventar la realidad y resignificarla; es decir, escribir (hablar) sin temor a que me manden a callar. Ciertamente, mi país ha atravesado épocas en las que había que callar por temor a ser silenciado por las balas, pero el escribir fue el punto en el que muchos anclaron su seguridad e integridad. Hoy, por fortuna, la situación está cambiando y la escritura sigue teniendo un rol determinante en la historia y en el desarrollo de las personas y de las sociedades.

Si lo primordial al enseñar a leer, es acercarse a lecturas desprovistas del elemento placentero o, peor aún, lecturas que no desarrollen de manera gradual, pertinente y responsable el pensamiento y sentido crítico de los estudiantes, lo que encontraremos en ellos es una vehemente aversión a la misma. Algo similar pasa con la escritura. Debe estar enfocada y definida su finalidad en la escuela. Aspectos sencillos, pero cruciales, como el para qué y el para quién escriben nuestros escolares, son claves para que se apasionen por el divino ejercicio de la escritura.

Para que nosotros, nuestros estudiantes y nuestros hijos e hijas, vean la lectura y la escritura como una necesidad y no como una obligación tediosa; mejor aún, para que la escuela contagie la pasión por lo bueno y lo bello de la lectura, y por la libertad y la omnipotencia que desencadena el escribir, es imprescindible que el punto de partida y llegada de ambas actividades sea el placer. Esto es, no enseñar a leer y escribir, sino hacer de la escuela, con mística pedagógica, el lugar privilegiado donde se descubre la magia que encierra la lectura y la escritura.

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¿Qué tanto aprende un docente de sus estudiantes?

Tengo la percepción de que, poco a poco (aunque falta mucho), las nuevas generaciones de maestros han ido renunciando a esa arrogancia e intransigencia con la que se creían revestidos los maestros de antaño, por la jactancia de mostrarse como “dueños del conocimiento (¿Me va a enseñar usted a mi jovencito?). Sin duda, era la típica relación vertical y autoritaria de la escuelas tradicionales que concebían al estudiante como un actor casi “inánime”, destinado a engullir un cúmulo de conocimientos y teorías.

Hoy la realidad es otra. Uno de los aspectos para salir de la crisis de las escuelas aburridas y repletas de estudiantes que no quieren “recibir” clases, es empezar a aprender de ellos, escucharlos. Ciertamente, Ian Peñaloza (un colega amigo) insiste: “hay que escuchar más a los estudiantes en cuanto a lo que quieren aprender”. Totalmente de acuerdo. Se supone que en la construcción del currículo todos los miembros de la comunidad educativa deben participar. Sin embargo, la injerencia de nuestros estudiantes es sumamente fría. No es su culpa.

Hace falta poner la mirada en lo que les importa, individualizarlos, identificarlos, conocer sus intereses, motivaciones, qué los emociona, qué los inspira. Pero, hay una barrera (susceptible de ser superada), el encuentro docente-estudiantes es el choque de dos generaciones diferentes. Quien es “adulto”, juzga muchas veces las acciones y actitudes de los estudiantes como inmaduras. Error. Cuán útil y ventajoso resulta interesarse por lo que a niños y jóvenes les captura su atención y que nosotros, los “adultos”, consideramos irrelevante, insulso y sin importancia (¡Chicos, dejen de perder tiempo en eso…!).

Atender a lo anterior, es aprender de ellos. No nos mintamos, es más lo que un buen maestro puede aprender de sus estudiantes, que lo que ellos aprenden de un profe “sabiondo”. Recuerda, casi todo está en Internet, si algo los inquieta, ellos hacen “clic”. Aprendamos más de ellos y podremos enseñarles mejor.

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EL ABORTO… ¿Crimen, derecho o interrupción voluntaria del embarazo?

El tema espinoso que constituye la presente reflexión, debe ocupar capítulo aparte y fundamental en el ámbito educativo. Tanto padres y madres de familia como docentes, debemos poner especial atención a este asunto y plantearlo con todas sus letras y, especialmente, tratar de desenmascararlo, pues, en no pocas ocasiones es planteado como una solución y no como un problema en sí mismo.

Hoy asistimos a una sociedad que atraviesa por una de las épocas más críticas de la historia, esto es así en cuanto a lo que tiene que ver con las tendencias nocivas y poco objetivas de interpretar y nombrar la realidad. Ciertamente, nos envuelve un ambiente de relativismo y subjetivación obsesiva de la verdad. Las cosas no son valoradas ni nombradas por lo que son en esencia y conciencia, sino por lo que aparentemente es, o lo que cada uno, según su modo de ver la realidad, cree; esto muchas veces está más influenciado por los intereses mediáticos y mezquinos, que por la imparcialidad del juicio y de criterios verdaderamente razonables.

Una de las cuestiones que se debaten en este panorama, poco favorable para las discusiones sobre asuntos y realidades profundas del ser humano, es el aborto. Este fenómeno, presente en todas las sociedades y en todos los tiempos, durante siglos ha acaparado la atención de teólogos, filósofos, científicos, médicos y de muchos sabios y entendidos; la inmensa mayoría de ellos ha expresado su opinión desaprobándolo, es decir, lo han catalogado como una práctica inhumana, inmoral y criminal.

Lo verdaderamente lamentable en este asunto es que las voces y opiniones más escuchadas no son siempre la de estos expertos, si no la de políticos que poco o nada conocen el tema en profundidad. Sin embargo, son estos personajes de la vida pública, los “representantes” de los intereses del pueblo, quienes en definitiva aprueban o no la práctica del aborto. En este sentido, entendemos por qué en las legislaciones de muchos países es legítima y lícita la práctica del aborto.

Mucho se argumenta hoy a favor y en contra del aborto. Irónicamente, algunos movimientos feministas son los que reclaman la aprobación del aborto como un derecho. Derecho, según estas personas, que les es propio en tanto que se trata de su cuerpo, y con su cuerpo pueden hacer lo que quieran. Además, reclaman ser tenidas y tratadas con la misma dignidad que a los hombres, lo que es justo; aunque, los hombres no se embarazan, esto implica que las mujeres no están obligadas a hacerlo, por tanto, en caso de tener un embarazo “inesperado”, se puede abortar, para que no se le vea vulnerada su dignidad.

Otro asunto es la cuestión de la licencia de maternidad, lo cual se vuelve una carga económica para las empresas y los empleadores, ya que la ley les obliga a pagarles a las madres durante determinado tiempo, en el que, como consecuencia del parto y los cuidados post-parto, la madre no puede laborar, en su lugar deben contratar su remplazo temporal. Esta cuestión, directa o indirectamente, incentiva la aprobación del aborto como posibilidad para la mujer, de manera que la mujer que siente en peligro su estabilidad laboral por el embarazo, deliberadamente pueda optar por el aborto.

En cuanto al dilema de si es legítimo o no el aborto en los casos de acceso carnal violento, la experiencia ha demostrado que, en la gran mayoría de los casos, las víctimas que deciden seguir adelante con el embarazo, terminan por encariñarse con la creatura que se gesta en su vientre, y le aman y valoran como si se tratara de una concepción deseada por una pareja normal.

Por el contrario, los testimonios médicos, psicológicos y de popular conocimiento, indican que las víctimas que deciden abortar, casi siempre quedan sumergidas en una profunda crisis depresiva, no tanto por el estrés post-traumático de la violación, sino por el complejo de culpa que les acompaña, pues, el “juez justo” que todos llevamos dentro, la conciencia, termina indicándoles que haber abortado fue un acto criminal y mucho más grave que la violación misma.

El caso más complejo es, tal vez, cuando hay una enfermedad grave que pone en peligro la vida de la creatura y/o de la madre, y también las malformaciones. Aquí hay que resaltar la actitud de muchas mujeres valerosas que, contrariando el dictamen médico, deciden seguir adelante con la gestación, incluso, arriesgando sus vidas. Pero saben que la creatura que llevan dentro vale la vida misma, pues, es sangre de su sangre, una nueva creatura que se abre paso en la vida, valiéndose de la vida de la madre. A propósito, aún el más sano de los embarazos comporta riesgos, tanto para la mujer gestante como para la creatura.

Sin duda, existen muchos argumentos que pudiéramos rescatar en esta breve reflexión, en los cuales percibimos que no hay razones sólidas para aprobar semejante acto de crueldad. Pero, analicemos, al menos, un último argumento, se trata de un asunto del lenguaje. En el afán por hacer aparecer este acto abominable del aborto como un acto no-criminal, ahora se emplean conceptos como el de “interrupción voluntaria del embarazo” que, si bien no logra convencer a la opinión pública de que realmente no se trata de un asesinato, sí consigue, en cierta manera, persuadir a las personas, especialmente a quien aborta y a sus co-responsables, que no es tan grave como parece.

En definitiva, es necesario que llamemos las cosas por su nombre, el aborto es un crimen, ya que se trata de acabar de forma deliberada con la vida de una creatura indefensa, la cual, por el hecho mismo de haber empezado a existir, ya tiene el derecho, fundamental e inalienable, a que se le respete la vida. Abortar, es decir, acabar con la vida de un inocente que aún no ha nacido, pero que ya vive, nunca podrá ser un considerado como derecho, puesto que, resulta inconcebible jugar a ser dueño de la vida de otro; derecho que la mayoría de religiones y culturas siempre remiten a Dios, o a cualquiera que sea la fuerza o fuente creadora que nos da la vida.

El aborto procurado es siempre un crimen moralmente grave, y mucho más despreciable que el asesinato de una persona ya nacida, pues, no tiene ninguna posibilidad de defensa, ni siquiera puede gritar o pedir clemencia, ni tiene el recurso del llanto que sí tiene el recién nacido.

[Foto tomada de Pixabay]